domingo, 8 de febrero de 2015

TEMA NIETZSCHE Y EL ESPÍRITU LIBRE

Friedrich NIETZSCHE
EL ESPÍRITU LIBRE
Compilación y Prólogo
Guadalupe de la Torre
Prólogo
Nietzsche, la verdad sufriente
“Si la felicidad fuera realmente deseable para el hombre, el idiota sería el ejemplar más bello de la humanidad”, escribió cierta vez Friedrich Nietzsche, con la misma pasión y arbitrariedad con la que vivió cada momento de su vida. La afirmación pone en evidencia no sólo su espíritu
transgresor sino además, una de sus grandes preocupaciones (y quizá frustraciones): la felicidad.
“¿Acaso nuestra búsqueda tiene como fin la tranquilidad, la paz, la felicidad?”, se preguntó en otra ocasión, a lo que respondió: “No: lo que buscamos es solamente la verdad, aunque sea la más terrible y repelente”. Para terminar profetizando: “Si quieres la paz del alma y la felicidad, crece; si quieres ser un secuaz de la verdad, busca”. Nietzsche, hijo y nieto de predicadores luteranos, luchó toda su vida por creer, pero no pudo. Su condición de seguidor inclaudicable de la verdad, lo llevó por el camino de la búsqueda, y en él sólo encontró infelicidad.
Solitario y torturado, de no haber sido un filósofo brillante, su vida
habría merecido ser atendida por la tensión con que fue vivida. Enfermizo,
irritable y polémico, no estuvo exento de furibundas y frustradas historias
de amor. Pero Nietzsche fue, fundamentalmente, un pensador.
Uno de sus tantos pecados fue creer en él en demasía. “¿Por qué soy tan
sagaz?”, decía de sí mismo. Su otro gran pecado fue ir en contra de la
corriente.
En el siglo XIX, según sus hombres más lúcidos, había resuelto los
grandes problemas del hombre. La evolución de la imprenta, el telégrafo, el
ferrocarril, los grandes barcos, el industrialismo, anunciaban al mundo que
se estaba entrando en el paraíso; paraíso que se vería materializado en el
nuevo siglo, el XX.
A ese paraíso, suponían algunos, se arribaría masivamente. Las
reivindicaciones sociales estaban a la orden del día y la revolución
constituía un horizonte posible.
Nietzsche vino a aguar la fiesta. Desnudó la hipocresía del mundo, dijo
a los gritos aquello que muchos no se atrevían a decir ni en voz baja y
lanzó su gran idea del Superhombre. Es decir, el individuo y no la masa,
según él, sería el salvador del mundo.
Durante décadas se ha querido personificar en Nietzsche al filósofo
pesimista, al “nihilista”. Pero se debe reconocer que el impulso original de
su filosofía es el “decir sí” a la vida, de cualquier manera y en cualquier
circunstancia. La felicidad, afirma, no está en creer sino en saber. Saber
todo es casi imposible, por eso el hombre es infeliz. Sin embargo, bien vale
el intento, parece decirnos.
Muchas de sus teorías fueron criticadas por sus contemporáneos.
Algunas de ellas, ni siquiera discutidas. Entre estas últimas, pasó
inadvertida su propuesta de que el pensador del futuro debía unir el
activismo europeo-americano con la contemplatividad “asiática”. Esta
mezcla conduciría hacia la solución de los enigmas del mundo, preconizó.
Un siglo después de su muerte, gran parte del mundo se afana por unir
la racionalidad occidental con la espiritualidad oriental, en un intento por
alcanzar la perdida armonía.
Su vida
Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Prusia. Su padre, un
destacado pastor y orador protestante, murió cuando él tenía 5 años. Fue
educado por su madre, en una casa donde vivían además su abuela, dos tías
y una hermana. Estudió Filología Clásica en las universidades de Bonn y
Leipzig y, antes de obtener el título de doctor, fue nombrado catedrático de
Filología Clásica en la Universidad de Basilea, en 1869. Tenía 24 años.
Nietzsche estuvo profundamente influido por las ideas filosóficas de
Sócrates, Platón y Aristóteles y por el pensamiento del filósofo alemán
Arthur Schopenhauer. No soslayó tampoco la impronta de Charles Darwin
con su teoría de la evolución.
Escritor polémico y prolífico, su obra se caracteriza por un afilado uso
del idioma y una prosa rica en imágenes y de belleza intrínseca. Entre sus
trabajos filosóficos más importantes se pueden señalar: El origen de la
tragedia (1872), La gaya ciencia (1882), Así hablaba Zaratustra (1883-
1891), Más allá del bien y el mal (1886), La genealogía de la moral
(1889), El anticristo (1896), La voluntad de poder (1901) y la que es
considerada su autobiográfica, Ecce homo (1908).
Si bien rehuyó los excesos en la comida y la bebida, su salud siempre
fue delicada. Muchos estudiosos han querido atribuir sus problemas de
visión y persistentes jaquecas a un temprano contagio de sífilis. En 1878, a
los 34 años, abandonó la docencia y se dedicó a escribir. En 1889 sufrió
una crisis nerviosa, que algunos caracterizaron como ataque epileptoide, de
la que nunca se recuperó. Murió en Weimar, el 25 de agosto de 1900, según
sus allegados, “completamente loco”.
Esta sección
Nietzsche tuvo particular afecto por los aforismos y, en su prosa
poderosa y elocuente, no resiste la tentación de acuñar frases, brillantes la
mayor parte de las veces. Por eso, esta selección complementa la anterior-
Ideas Fuertes-en esta misma colección.
Se hace aquí un recorrido por otras obras fundamentales de su
producción. El origen de la tragedia, Más allá del bien y el mal, La
genealogía de la moral y Ecce homo.
Muchas de sus ideas quedan aquí simplemente planteadas, pero el lector
podrá disfrutar y vislumbrar la encendida pluma del filósofo que pudo ser
un poeta. En ese sentido, valoró como pocos la vida contemplativa y
renegó de lo “productivo”. El espíritu libre, dijo, no es productivo. Y sólo
el espíritu libre puede hacer nacer la poesía y el arte. Este sentimiento,
como se verá, impregna estas páginas.
- Guadalupe de la Torre
EL ESPÍRITU LIBRE
La realidad
En la medida que se ha inventado esa mentira que es el mundo ideal, se
le ha quitado a la realidad su valor, su sentido y su veracidad. El “mundo
verdadero” y el “mundo aparente” equivalen al mundo inventado y a la
realidad. Hasta hoy, esa mentira que es lo ideal ha significado una
maldición lanzada contra la realidad; la propia humanidad ha sido falseada
y tergiversada por esa mentira hasta en sus instintos más fundamentales,
hasta que ha llegado a adorar los valores opuestos a los únicos que hubieran
logrado asegurar la prosperidad, el futuro, el derecho supremo a tener un
futuro.
La falsedad del mundo en el que creemos vivir es lo más cierto y firme
que pueden captar nuestros ojos.
Lo que hasta ahora ha tomado en serio la humanidad no son ni siquiera
realidades, sino simples productos de la imaginación o, más exactamente,
mentiras surgidas de los malos instintos de los seres enfermos y nocivos, en
su sentido más profundo. Me refiero a conceptos tales como “Dios”,
“alma”, “virtud”, “pecado”, “más allá”, “verdad”, “vida eterna”… Con
todo, se ha creído ver en ellos la grandeza, la “divinidad” del ser humano.
Todos los problemas relativos a la política, a la organización social, a la
educación, han sido falseados de raíz, por el hecho de que han sido
considerados grandes hombres los más nocivos, y se ha aprendido a
despreciar las cosas “pequeñas”, es decir, las cuestiones fundamentales de
la propia vida.
Conocer, afirmar la realidad, constituye una necesidad para el fuerte; del
mismo modo que el débil necesita, a impulsos de su debilidad, esa cobardía
y esa huída de la realidad que es el “ideal”. Al débil no le está permitido
conocer: los decadentes precisan la mentira; ésta es una de sus condiciones
previas para conservarse.
En el concepto de “más allá” del mundo verdadero ha sido inventado
para desprestigiar el único mundo que existe; para arrebatarle a nuestra
realidad terrenal toda meta, toda razón de ser, toda misión.
La embriaguez del estado dionisiaco, aboliendo las trabas y los límites
ordinarios de la existencia, produce un momento “letárgico”, en el que se
desvanece todo recuerdo personal del pasado. Entre el mundo de la realidad
dionisíaca y el de la realidad diaria, se abre ese abismo del olvido que
separa a uno del otro.
Un artista perfecto y total está apartado, por toda la eternidad, de lo real,
de lo efectivo; se comprende, por otra parte, que a veces pueda sentirse
cansado hasta la desesperación, de esa eterna “irrealidad” y falsedad de su
más íntimo existir, y que entonces haga el intento de irrumpir de golpe en
lo que justo a él más prohibido le está, en lo real, que haga el intento de ser
real.
Lo que nosotros ahora denominamos mundo es el resultado de muchas
equivocaciones y fantasías que se formaron poco a poco en la evolución
global de los seres orgánicos, que han crecido entrelazándose, y ahora las
heredamos como tesoro acumulado de todo el pasado; como tesoro: porque
sobre él descansa el valor de nuestra humanidad.
Salud y enfermedad
La crítica negativa, la travesura, la alegre desconfianza, las ganas de
burlarse son síntomas de salud. Lo no condicionado entra dentro de la
patología.
Precisamente, el signo de la gran salud es ese exceso que le da al
espíritu el peligroso privilegio de poder vivir en la tentativa y ofrecerse a la
aventura.
Es una cura a fondo contra todo pesimismo (la gangrena de los viejos
idealistas y héroes de mentira, como es sabido), enfermar a la manera de
estos espíritus libres, permanecer enfermo un buen lapso y luego recobrar
la salud por un período cada vez más largo, quiero decir, volverse “más
sano”.
La enfermedad me fue separando poco a poco de todo lo que me
rodeaba; me ahorró toda ruptura, todo paso violento y escabroso. No me
faltó en ese momento ningún testimonio de benevolencia por parte de
quienes me rodeaban, e incluso me gané algunos más. La enfermedad me
otorgó además, el derecho a cambiar completamente mis hábitos: me
permitió olvidar, me ordenó que olvidara; me hizo el honor de obligarme a
que me quedara quieto, ocioso, esperando pacientemente. ¡Y eso es
precisamente lo que significa pensar!
Lo que una y otra vez necesitaba de manera más perentoria para mi
curación y mi restablecimiento era la creencia de que no era el único en ser
de este modo, una mágica sospecha de afinidad e igualdad de puntos de
vista y de deseos, un descansar en la confianza de la amistad, una ceguera a
dúo, sin recelo ni interrogantes, un goce en los primeros planos, superficies,
en lo cercano, vecino, en todo lo que tiene color, piel y apariencia.
Hay sabiduría, sabiduría de la vida, en eso de recetarse a sí mismo, por
mucho tiempo, la salud, sólo en pequeñas dosis.
Familia y herencia
Si me detengo a pensar qué es lo más opuesto a mí –el tener unos
instintos inconmensurablemente vulgares-, no encuentro a nadie que lo
represente mejor que mi madre y mi hermana. Creer que semejante gentuza
son parientes míos, sería una afrenta contra mi divinidad.
El trato que me han dado hasta ahora mi madre y mi hermana me
horroriza de una forma indecible. Quien actúa así es una perfecta máquina
infernal, que conoce con una seguridad precisa el momento en que puede
herirse del modo más despiadado, mis momentos más elevados, pues en
ellos carezco de fuerza para hacer frente a los gusanos venenosos.
Con quien menos emparentado se está es con los propios padres; estar
emparentado con ellos sería el signo más evidente de vulgaridad.
Los seres superiores proceden de algo infinitamente anterior, y para que
sean creados unos seres así, ha sido necesario estar reuniendo, ahorrando y
acumulando durante muchísimo tiempo. Aunque yo no lo entienda, mi
padre podría ser Julio César o Alejandro, ese Dionisio de carne y hueso.
Entre castidad y sensualidad no se da una antítesis necesaria; todo buen
matrimonio, toda auténtica relación amorosa de corazón está por encima de
esa antítesis.
Es sabido cuáles son las tres pomposas palabras del ideal ascético:
pobreza, humildad, castidad.
La sensualidad no queda eliminada cuando aparece el estado estético,
como creía Schopenhauer, sino que únicamente se transfigura y no penetra
en la conciencia ya como estímulo sexual.
Con frecuencia, la sensualidad crece más a prisa que el amor, y ello
hace que su raíz sea débil y fácil de arrancar.
Hasta el concubinato ha quedado corrompido…con el matrimonio.
Los padres convierten involuntariamente a sus hijos en algo semejante a
ellos, y a eso le llaman “educación”. Como el padre, también hoy el
educador, el estamento, el sacerdote o el gobernante siguen viendo en cada
nuevo ser humano una ocasión fácil para lograr una nueva posesión.
Recurriendo a una educación y cultura mejores, lo único que se
consigue es disimular la herencia. Y ¿qué otra cosa pretende hacerse ahora
con la educación y la cultura? En esta época nuestra, tan popular, es decir,
tan plebeya, la educación y la cultura se han de reducir por necesidad al
arte de disimular los orígenes, todo lo que ha heredado de plebeyo un
cuerpo y alma.
No se puede borrar del alma de un hombre aquello que con mayor
placer y constancia hicieron sus antepasados, ya fueran éstos gentes
ahorrativas, meros apéndices de una mesa de oficina o de la caja de una
banco, modestos burgueses tanto en sus apetencias como en sus virtudes; o
bien vivieran acostumbrados a estar siempre dando órdenes, amantes de las
diversiones burdas, junto con unas obligaciones y unas responsabilidades
más burdas aún; o bien se tratara de individuos que en algún momento
sacrificaron sus antiguos privilegios de nacimiento o de fortuna para vivir
sólo de acuerdo con su fe –con su “Dios”-, como hombres de conciencia
implacable y delicada, que se ruborizaban ante cualquier compromiso.
Entre hombres de una clase elevada y selecta, los deberes serán ese
respeto propio de la juventud, ese recato y delicadeza ante todo lo antiguo,
venerado y digno, esa gratitud hacia el suelo en que crecieron, hacia la
mano que los guió, hacia el santuario en que aprendieron a orar; sus
momentos supremos serán los que más firmemente los aten; los que más
duramente los obliguen.
Humanidad
Lo más precioso y elevado que podía obtener la humanidad lo consiguió
por un crimen, y tuvo que aceptar en adelante las consecuencias, es decir,
todo el torrente de males y de tormentos que la cólera de los inmortales
“debían” infligir a la raza humana en su noble ascensión; rudo pensamiento
que, por la “dignidad” que confiere el crimen, contrasta extrañamente con
el mito semítico de la caída del hombre, en que la curiosidad, la mentira, la
concupiscencia, en suma, un cortejo de sentimientos más específicamente
femeninos, son considerados como el origen del mal.
A la humanidad le gusta deshacerse pronto de las preguntas acerca del
origen y los comienzos: ¿no hay que estar poco menos que deshumanizado
para notar en sí mismo la tendencia contraria?
El primer ensayo para saber si la humanidad, que es moral, puede
convertirse en sabia, se hace con hombres que son capaces de soportar esta
tristeza (¡y que serán muy pocos!).
La humanidad no va por el camino recto, no está gobernada en modo
alguno por Dios, sino más bien, por el instinto de la negación, de la
corrupción y de la decadencia, que ha imperado mediante su seducción,
escondiéndose precisamente bajo la capa de los conceptos más sagrados de
la humanidad.
¿Cómo ha podido equivocarse hasta ese punto no ya un individuo ni un
pueblo, sino la humanidad? Han enseñado a despreciar los instintos más
fundamentales de la vida; han concebido esa mentira a la que llaman
“alma” o “espíritu”, para arruinar el cuerpo; han difundido la idea de que la
sexualidad, condición previa de la vida, es algo impuro; han situado la raíz
del mal en la más íntima necesidad de autodesarrollo, en el egoísmo
riguroso.
Por el contrario, han considerado que el valor supremo, aún más, el
valor en sí radica en los signos característicos de la decadencia y de lo que
va en contra de los instintos, en el “desinterés”, en la pérdida del centro de
gravedad, en la “despersonalización” y en el “amor” (en el vicio, diría yo)
al prójimo.
La vida humana está toda ella sumergida profundamente en la falsedad.
El individuo no la puede sacar de este pozo, sin sentir aversión contra su
pasado, por la más profunda de las razones, sin encontrar absurdos sus
motivos actuales como los del honor y sin manifestar irrisión y desprecio
en contra de las pasiones que impulsan hacia el futuro y hacia la felicidad
en el futuro.
Virtudes, sentimientos y resentimientos
Por lo que más nos castigan es por nuestras virtudes. ¿Hay algo más
hermoso que la búsqueda de nuestras virtudes? ¿No supone esto, que ya
creemos en nuestra virtud? Y esa creencia en nuestra virtud, ¿no equivale,
en el fondo, a lo que antaño se denominaba “buena conciencia”, aquella
venerable y larga trenza de conceptos que nuestros antepasados se dejaban
colgando por detrás de la cabeza y, a menudo, también por detrás de su
inteligencia?
Mis experiencias me permiten desconfiar, en general, de los llamados
impulsos “desinteresados” y de ese “amor al prójimo” que siempre está
dispuesto a dar consejos y a prestar ayuda. Considero que ese amor es una
debilidad, un caso concreto de la incapacidad para resistir los estímulos.
El amor siempre hace que afloren las cualidades más elevadas y ocultas
del que ama, lo que hay en él de raro y de excepcional. En este sentido,
engaña muy fácilmente respecto de lo que en él constituye la regla.
Mi relación con los seres humanos constituye para mí un reto
considerable a mi paciencia.
Mi humanitarismo no consiste en simpatizar con el hombre tal y como
éste es en realidad, sino en soportar el hecho de experimentar dicho
sentimiento. Mi humanitarismo me obliga a estar constantemente
venciéndome a mí mismo.
Sólo nos repugna la vanidad de otros cuando ésta repugna a nuestra
propia vanidad.
La inclinación a la agresividad forma parte de la fuerza, del mismo
modo necesario en que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte
de la debilidad.
La fortaleza del agresor se mide, en cierto modo, por los adversarios que
necesita; crecer es buscar un adversario –o un problema- más poderoso.
Los decadentes defienden que la compasión es una virtud. Yo reprocho
a los compasivos que pierdan con tanta facilidad el pudor, el respeto y el
sentimiento de delicadeza que lleva a guardar las distancias.
La compasión apesta inmediatamente a chusma y se parece tanto a los
malos modales, que es imposible distinguirla de ellos. Unas manos
compasivas, a veces pueden ejercer un efecto automáticamente destructor
en un gran destino, en un aislamiento cubierto de heridas, en el privilegio
que confiere el hecho de haber cometido una falta grave.
Sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna
jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente. Este
animal olvidadizo por necesidad, en el que el olvidar representa una fuerza,
una forma de la salud vigorosa, ha criado en sí una facultad opuesta a
aquélla, una memoria con cuya la capacidad de olvido queda en suspenso
en los casos en que hay que hacer promesas.
Para que algo permanezca en la memoria, se lo graba a fuego; sólo lo
que no cesa de doler permanece en la memoria.
¿Cómo vino al mundo esa otra “cosa sombría”, la conciencia de la
culpa, toda la “mala conciencia”?
Si somos engañados, ¿no somos precisamente por eso también
engañadores?, ¿no nos es inevitable ser también engañadores?
El instinto de la libertad, reprimido, retirado, encarcelado en lo interior
y que acaba por descargarse y desahogarse tan sólo contra sí mismo: eso,
sólo eso es, en su inicio, la mala conciencia.
La historia nos enseña que la conciencia de tener deudas con la
divinidad no se extinguió ni siquiera tras el ocaso de la forma organizativa
de la “comunidad” basada en el parentesco de sangre.
La soledad, esa temible diosa, rodea y envuelve, cada vez más
amenazadora, más asfixiante, más agobiante; pero ¿quién sabe hoy qué es
la soledad?
La pena, se dice, poseería el valor de despertar en el culpable el
sentimiento de la culpa; en la pena se busca el auténtico instrumento de esa
reacción anímica denominada “mala conciencia”, “remordimiento de
conciencia”. Mas con ello se sigue atentando, todavía hoy, contra la
realidad y contra la psicología: ¡y mucho más aún contra la historia más
larga del hombre, contra su prehistoria!
Es ésta una especie de demencia de la voluntad en la crueldad anímica
que, sencillamente, no tiene igual: la voluntad del hombre de encontrarse
culpable y reprobable a sí mismo hasta resultar imposible la expiación, su
voluntad de imaginarse castigado sin que la pena pueda ser jamás
equivalente a la culpa, su voluntad de infectar y envenenar con el problema
de la pena y la culpa el fondo más profundo de las cosas, a fin de cortarse,
de una vez por todas, la salida de ese laberinto de “ideas fijas”, su voluntad
de establecer un ideal –el del “Dios santo”-, para adquirir, en presencia del
mismo, una tangible certeza de su absoluta indignidad.
La pena endurece y vuelve frío, concentra, exacerba el sentimiento de
extrañeza, robustece la fuerza de resistencia.
Lo que con la pena se puede lograr, en conjunto, tanto en el hombre
como en el animal, es el aumento del temor, la intensificación de la
inteligencia, el dominio de las concupiscencias: y así la pena domestica al
hombre, pero no lo hace “mejor”.
El hipócrita, que desempeña siempre el mismo papel, termina dejando
de ser hipócrita; de este modo, los sacerdotes que solían ser hipócritas en su
juventud, conscientemente o no, acaban comportándose con naturalidad, y
entonces es cuando son realmente sacerdotes, sin afectación alguna; o si no
consigue el padre comportarse así, probablemente herede el hijo su
costumbre, beneficiándose del esfuerzo paterno.
¿En qué medida puede ser el sufrimiento una compensación de
“deudas”? En la medida en que hacer sufrir producía bienestar en sumo
grado, en la medida en que el perjudicado cambiaba el daño, así como el
desplacer de éste le producía, por un extraordinario contra-goce: el hacer
sufrir.
Ver sufrir produce bienestar; hacer sufrir, más bienestar todavía. Esta es
una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano, demasiado
humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos, pues se cuenta
que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al
hombre y, por así decirlo, lo “preludian”. Sin crueldad no hay fiesta: así lo
enseña la más antigua, la más larga historia del hombre ¡y también en la
pena hay muchos elementos festivos!
El dolor debe ser más intenso y peor de lo que nunca ha sido. El
bienestar no es una meta, sino el fin de todo, un estado que hace al hombre
inmediatamente tan ridículo y despreciable que nos hace desear su ocaso.
¿No saben que sólo la disciplina del dolor, del gran dolor, es lo que ha
permitido al hombre elevarse?
Esa soberbia intelectual y solemne del que sufre, ese orgullo de quien ha
sido elegido por el sufrimiento, del “iniciado”, del que casi es una víctima
propiciatoria, necesita todo tipo de disfraces para protegerse del contacto de
manos inoportunas y compasivas y, en general, de todo aquel que no le
iguala en sufrimiento. El dolor profundo nos ennoblece y nos separa de los
demás.
Lo que propiamente nos hace indignarnos contra el sufrimiento no es el
sufrimiento en sí, sino lo absurdo del mismo; pero ni para el cristiano, que
en su interpretación del sufrimiento ha introducido en él toda una oculta
maquinaria de salvación, ni para el hombre ingenuo de tiempos más
antiguos, que sabía interpretar todo sufrimiento en relación con los
espectadores o los causantes del mismo, existió en absoluto tal sufrimiento
absurdo.
Para poder expulsar del mundo y negar honestamente el sufrimiento
oculto, no descubierto, carente de testigos, el hombre se veía casi obligado
a inventar dioses y seres intermedios, habitantes en todas las alturas y en
todas las profundidades, algo, en suma, que también vagabundea en lo
oculto, que también ve en lo oscuro y que no se deja escapar fácilmente un
espectáculo doloroso interesante.
Puede que la toma de conciencia produzca un hondo dolor, pero existe
un consuelo: los sufrimientos son dolores de parto. La mariposa quiere
romper su envoltura, despedazándola y desgarrándola; entonces se siente
cegada y embriagada por esa luz desconocida que es el reino de la libertad.
Todo lo que llamamos “cultura superior” se basa en la espiritualización
y en la profundización de la crueldad.
Debemos dejar de lado esa estúpida psicología de antaño que sostenía
que la crueldad sólo surge a la vista del sufrimiento ajeno; también se da un
goce intenso, intensísimo, ante el sufrimiento propio, ante el dolor que nos
infligimos; y siempre que el hombre, dejándose vencer, se niega a sí mismo
a la manera religiosa, o se mutila, como hacen los fenicios y los ascetas, o
renuncia a sus sentidos y a su carne, en señal de arrepentimiento, sufriendo
los espasmos de la penitencia al modo puritano y la vivisección de la
conciencia, lo que lo impulsa e invita no es sino la crueldad, el peligroso
estremecimiento de una crueldad dirigida contra nosotros mismos.
Que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es algo que
no puede extrañar: sólo que no hay en esto motivo alguno para tomarle a
mal a aquéllas el que arrebaten corderitos.
Nadie, nadie miente tanto como el que está indignado.
Todo lo profundo gusta de ocultarse; lo más profundo de todo odia
incluso la imagen y el símbolo. ¿No sería disfrazarse de su opuesto, la
forma más adecuada en que un dios se enmascararía, de acuerdo con su
pudor?
Hablar en sí de lo justo y lo injusto es algo que carece de todo sentido;
ofender, violentar, despojar, aniquilar no puede ser naturalmente “injusto”,
desde el momento en que la vida actúa esencialmente –es decir, en sus
funciones básicas- ofendiendo, violando, despojando, aniquilando, y de
ninguna manera se la puede pensar sin ese carácter.
Lo grande es patrimonio de los grandes; los abismos, de los profundos;
las delicadezas y los estremecimientos, de los sutiles; y, en general y
brevemente, lo raro de los raros.
Hay pavos reales que ocultan su cola a la vista de los demás, y a eso le
llaman orgullo.
No prestar atención ni al mejor de los argumentos en contra de una
decisión ya adoptada constituye una muestra evidente de un carácter
enérgico. Ello incluye también una voluntad de llegar a la estupidez.
El escepticismo es la expresión más intelectual de esa complicada
constitución psicológica a la que vulgarmente se le da el nombre de
debilidad nerviosa y constitución enfermiza. El escepticismo surge siempre
que se entrecruzan, de una forma repentina y definitiva, razas o estamentos
que han estado mucho tiempo distanciados. En la nueva estirpe, la herencia
de normas y de valores distintos, todo es inquietud, turbación, vacilación y
ensayo. Las mejores fuerzas actúan como mecanismos de inhibición. Las
propias virtudes se impiden entre sí crecer y robustecerse. El cuerpo y el
alma pierden el equilibrio, el centro de gravedad, el aplomo.
El hedonismo, el pesimismo, el utilitarismo y el eudemonismo, esos
modos de pensar que miden el valor de las cosas por el placer y el dolor
que producen –es decir, por los estados accesorios que las acompañan- son
inferiores y superficiales, y todo el que sepa que posee la fuerza de plasmar
y una conciencia de artista, sólo podrá mirarlos con una ironía no exenta de
compasión.
El héroe, la más alta manifestación apariencial de la Voluntad, es
aniquilado, para nuestra diversión; porque a pesar de todo, no es más que
una apariencia, la eterna vida de la Voluntad ni siquiera es razonada por el
aniquilamiento.
¿Es necesariamente el pesimismo el signo de la decadencia, de la
desilusión, del cansancio y del debilitamiento de los instintos, como fuera
para los indios y como según todas las apariencias, es en todos nosotros, los
hombres “modernos” y europeos? ¿Hay un pesimismo de los fuertes? ¿Una
inclinación intelectual a la dureza, al horror, al mal, a la incertidumbre de la
existencia, producida por la exuberancia de la salud, por un exceso de vida?
¿Hay quizás un sufrimiento en esta misma plenitud?
Mientras que el hombre noble vive con confianza y franqueza frente a sí
mismo, el hombre del resentimiento no es ni franco ni ingenuo ni honesto y
derecho consigo mismo. Su alma mira de reojo; su espíritu ama los
escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le
atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de callar, de no
olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y humillarse transitoriamente.
¡El hombre noble reclama para sí a su enemigo como una distinción
suya! ¡No soporta, en efecto, ningún otro enemigo que aquel en el que no
hay nada que despreciar y sí muchísimo que honrar! En cambio,
imaginémonos “el enemigo” tal como lo concibe el hombre resentido: justo
en ello reside su acción, su creación. Ha concebido el “enemigo malvado”,
“el malvado”, y ello como concepto básico, a partir del cual se imagina
también, como imagen posterior y como antítesis, un “bueno”: ¡él mismo!
No hay fuego que nos consuma más rápido que el del resentimiento. El
enojo, la susceptibilidad enfermiza, el no poder vengarse, el placer y la sed
de venganza constituyen, en cierta medida, todo un conjunto de venenos y
representan, para una persona agotada, la forma más nociva de reaccionar.
Ocasiona un rápido desgaste de energía nerviosa, un aumento morboso de
secreciones perjudiciales, de bilis en el estómago, por ejemplo.
La lucha
La cuestión no está en superar las resistencias en general, sino en
superar aquéllas frente a las cuales hemos de recurrir a toda nuestra fuerza,
a toda nuestra agilidad y a toda nuestra maestría en el dominio de las
armas; en vencer a adversarios que sean iguales a nosotros.
La primera condición requerida para un duelo honrado es la igualdad
con el enemigo.
No podemos luchar contra los que despreciamos; no debemos luchar
con quién está a nuestras órdenes, con quien sabemos que se halla por
debajo de nosotros.
Mi práctica guerrera se reduce a cuatro principios:
Primero, sólo ataco lo que ya cuenta con alguna victoria, y a veces,
espero que la consiga.
Segundo, sólo ataco cuando me encuentro sin aliados, cuando estoy
solo, cuando soy yo el único que se compromete.
Tercero, no ataco nunca a personas; me sirvo sólo de la persona como
una poderosa lente de aumento con la que se puede ver una situación
general de peligro, que se halla oculta y es difícil de captar.
Cuarto, sólo ataco aquello de lo que está excluida toda disputa personal,
toda idea oculta de experiencias dolorosas.
Para mí, atacar constituye una manifestación de benevolencia y, a veces,
de agradecimiento.
Honro y distingo una cosa o a una persona, al vincularlas con mi
nombre. El hecho de que esté a su favor o en su contra, para mí es algo
indiferente.
Muy pocos son independientes; éste es un privilegio de los fuertes. Y
quién, sin necesidad, trata de serlo, aunque tenga todo el derecho a ello,
demuestra no sólo que es fuerte, sino sumamente temerario.
La moral
El que está indignado y el que con sus propios dientes se despedaza y se
desgarra a sí mismo (o lo hace con el mundo, con Dios o con la sociedad)
tal vez sea superior, desde la óptica de la moral, al sátiro que se ríe contento
de sí mismo; pero en todos los demás aspectos, es el caso más habitual,
más indiferente y menos instructivo.
Los inmoralistas sospechamos que el valor decisivo de un acto reside
precisamente en lo que tiene de no intencionado, y que toda
intencionalidad, todo cuanto se puede ver, saber y conocer
“conscientemente” a través del acto, forma parte de su piel que, como todo
lo epidérmico, revela algo, pero esconde mucho más aun.
La moral, es el sentido que ha tenido hasta hoy –estoy es, la moral de las
intenciones- ha sido un prejuicio, un juicio precipitado y tal vez
provisional, algo que podría parangonarse con la astrología y la alquimia,
pero, en cualquier caso, algo que debe superarse.
No existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de
fenómenos…
Así como en el mundo sideral hay veces en que son dos los soles que
determinan la órbita de un planeta, y en ciertos casos, soles de distintos
colores iluminan a un mismo planeta, unas veces de rojo, otras de verde, y
otras de una mezcla de ambos colores, así los hombres modernos, en virtud
de la complicada mecánica de nuestro “cielo estrellado”, nos vemos
determinados por diversas morales, y nuestros actos relucen
alternativamente con colores distintos; pocas veces son unívocos… y en
bastantes ocasiones, los actos que realizamos son de muchos colores.
¿No es posible subvertir todos los valores?, ¿y es el bien acaso el mal?,
¿y Dios sólo una invención y sutileza del diablo? ¿Quizás, en definitiva,
todo es falso?
A la música que suena en nuestra conciencia y a la danza que hay en
nuestro espíritu no se acomodan ya las letanías puritanas, los sermones
morales ni ninguna forma de honradez.
Toda moral altruista que se presente como absoluta y se dirija a todos
sin excepción, no sólo constituye una afrenta al buen gusto, sino también
una incitación a que se cometan pecados de omisión, una seducción más
enmascarada de filantropía y, en concreto, una seducción y un perjuicio a
los hombres superiores, a los más extraordinarios y privilegiados.
El hombre, ese animal complejo, embustero, artificioso e impenetrable,
que inquieta a los demás animales no tanto por su fuerza como por su
astucia e inteligencia, ha inventado la tranquilidad de conciencia para gozar
al fin de su alma, como si ésta fuera algo sencillo.
Toda la moral es una esforzada y permanente falsificación, sin la cual
sería completamente imposible disfrutar de la contemplación de nuestra
alma.
La vida no es, después de todo, una invención de la moral; quiere
ilusión, vive de la ilusión…, pero de nuevo vuelvo, ¿no es cierto?, a las
andadas, y hago lo que, viejo inmoralista, siempre he hecho, y hablo
inmoral, extramoralmente, más allá del bien y del mal.
El problema del origen de los valores morales es, para mí, una cuestión
de primer orden, en la medida en que determina el futuro de la humanidad.
La obligación de creer que todo está en las mejores manos, que un libro –la
Biblia- nos proporciona una paz definitiva sobre el gobierno y la sabiduría
de Dios respecto del destino de la humanidad, equivale a la voluntad de no
dejar que se manifieste la verdad en relación con el lamentable polo
opuesto a lo anterior: que la humanidad ha estado hasta ahora, en las peores
manos.
Hay libros que tienen un valor opuesto para el alma y para la salud,
según los utilice el alma –la fuerza vital- inferior, o el alma superior y más
poderosa. En el primero de los casos, se trata de libros peligrosos,
corrosivos y disolventes; en el segundo, son clarines guerreros que invitan
a los más valientes a manifestar su valentía. Los libros que valen para todos
son siempre libros malolientes. Llevan impregnado el olor de los
individuos pequeños. Los sitios donde el pueblo come y bebe, incluso
donde presta veneración, suelen oler mal. Si queremos respirar aire puro,
no debemos entrar en las iglesias.
(La humanidad) ha estado gobernada por los fracasados, por los
vengativos más astutos, los que se llaman “santos” y calumnian el mundo y
denigran al hombre.
Necesitamos una crítica de los valores morales. Hay que poner alguna
vez en entredicho el valor mismo de esos valores y, para esto, es preciso
tener conocimiento de las condiciones y circunstancias de las cuales
aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral
como consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como
enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como
medicina, como estímulo, como freno, como veneno). Un conocimiento
que, hasta ahora, ni ha existido ni tampoco siquiera se lo ha deseado.
El valor de los “valores” se toma como algo dado, real y efectivo,
situado más allá de toda duda; hasta ahora no se ha dudado ni vacilado lo
más mínimo en considerar que el “bueno” es superior en valor a “el
malvado”. Superior el valor en el sentido de ser favorable, útil, provechoso
para el hombre como tal (incluido el futuro del hombre).
El signo definitivo de que el sacerdote (incluyendo esos sacerdotes
encubiertos que son los filósofos) lo ha dominado y no sólo a una
determinada comunidad religiosa, el signo de que la moral de la
decadencia, la voluntad de muerte, es considerada como la moral en sí,
viene determinado por el hecho de que en todas partes se le atribuye un
valor absoluto a lo no egoísta y se combate lo egoísta. Considero que quién
no esté de acuerdo conmigo en esto es un apestado.
En el fondo, para mí, la palabra inmoralista implica dos negaciones.
En primer lugar, niego el tipo de hombre que hasta ahora se ha
considerado superior: el bueno, el benévolo, el bienhechor.
En segundo lugar, niego la clase de moral que ha acabado imponiéndose
hasta convertirse en la moral de la decadencia o, para ser más exactos, la
moral cristiana.
Podría considerarse que la segunda es la contradicción decisiva, pues
creo que la supervaloración de la bondad y de la benevolencia es ya, en
general, un resultado de la decadencia, un síntoma de debilidad, algo
incompatible con una vida ascendente y afirmativa. La negación y la
aniquilación son las condiciones previas de la afirmación.
En el concepto “hombre bueno” se ha incluido la defensa de todo lo
débil, enfermo, mal constituido, de todo lo que sufre a causa de sí mismo,
de todo cuanto debe parecer. Se ha invertido la ley de la selección,
convirtiendo en ideal lo que va en contra del hombre orgulloso y bien
constituido, del que afirma la vida, del que está seguro del futuro y lo
garantiza; y a ese hombre se le ha considerado malo, por definición. Pues
bien, a todo eso se le ha prestado fe, interpretándolo como la moral.
“¡Aplasten a la infame!”
Tanto mi curiosidad como mis sospechas tuvieron que detenerse
tempranamente en la pregunta sobre qué origen tiene propiamente nuestro
bien y nuestro mal.
Por fortuna, aprendí pronto a separar el prejuicio teológico del prejuicio
moral, y no busqué ya el origen del mal por detrás del mundo.
Un poco de aleccionamiento histórico y filológico, y además de una
innata capacidad selectiva en lo que respecta a las cuestiones psicológicas
en general, transformaron pronto mi problema en este otro: ¿en qué
condiciones se inventó el hombre esos juicios de valor que son las palabras
bueno y malvado?, ¿y qué valor tienen ellos mismos?
¿Han frenado o han estimulado hasta ahora el desarrollo humano?
¿Son un signo de indigencia, de empobrecimiento, de degeneración de
la vida?
¿O, por el contrario, en ellos se manifiestan la plenitud, la fuerza, la
voluntad de la vida, su valor, su confianza, su futuro?
Se trata de recorrer con preguntas totalmente nuevas y, por así decirlo,
con nuevos ojos, el inmenso, lejano y tan recóndito país de la moral –de la
moral que realmente ha existido, de la moral realmente vivida-: ¿y no viene
esto a significar casi lo mismo que descubrir por vez primera tal país?
A mí me parece que no hay ninguna cosa que compense tanto tomar en
serio la moral; de esa compensación forma parte, por ejemplo, el que
alguna vez se nos permita tomarla con jovialidad. Pues, en efecto, la
jovialidad –o, para decirlo en mi lenguaje, la gaya ciencia- es una
recompensa: la recompensa de una seriedad prolongada, valiente, laboriosa
y subterránea que, desde luego, no es cosa de cualquiera.
El día en que podamos decir de todo corazón: “¡Adelante! ¡También
nuestra vieja moral forma parte de la comedia!”, habremos descubierto un
nuevo enredo y una nueva posibilidad para el drama dionisiaco del “destino
del alma”. ¡Y ya él sacará provecho de ello –sobre esto podemos apostar-;
él, el grande, viejo y eterno autor de la comedia de nuestra existencia!
Hoy es imposible decir con precisión por qué se imponen propiamente
penas: todos los conceptos en que se condensa semióticamente un proceso
entero escapan a la definición; sólo es definible aquello que no tiene
historia.
Toda la psicología se ha visto paralizada hasta hoy, por prejuicios y
miedos morales: no se ha atrevido a bajar a las profundidades. Nadie ha
llegado a concebirla, ni siquiera superficialmente, de la forma en que yo lo
hago, es decir, como una morfología y como una teoría de la evolución de
la voluntad de poder.
Lo bueno y lo malo
El phatos de la nobleza y de la distancia, el duradero y dominante
sentido global y radical de una especie superior dominadora en su relación
con una especie inferior, con un “abajo”: éste es el origen de la antítesis
“bueno” y “malo”.
El derecho del señor a dar nombres, llega tan lejos que deberíamos
permitirnos concebir también el origen del lenguaje como una
exteriorización de poder de los que dominan: dicen “esto es esto y aquello”,
imprimen a cada cosa y a cada acontecimiento el sello de un sonido y con
esto se lo apropian, por así decirlo. A este origen se debe el que, de
antemano, la palabra “bueno” no esté en modo alguno ligada
necesariamente con acciones “no egoístas”, como creen supersticiosamente
aquellos genealogistas de la moral.
Prescindiendo totalmente de la insostenibilidad histórica de tal hipótesis
sobre la procedencia del juicio de valor “bueno”, ella adolece en sí misma
de un contrasentido psicológico. La utilidad de la acción no egoísta sería el
origen de su alabanza, y ese origen se habría olvidado. ¿Cómo es siquiera
posible tal olvido? ¿Es que acaso la utilidad de tales acciones ha dejado de
darse alguna vez?
Ocurre lo contrario: esa utilidad ha sido, antes bien, la experiencia
cotidiana en todos los tiempos, es decir, algo permanentemente subrayado
una y otra vez; en consecuencia y volverse olvidable, tuvo que grabarse en
ella con una claridad cada vez mayor.
Hebert Spencer establece que el concepto “bueno” es esencialmente
idéntico al concepto “útil”, “conveniente”, de tal modo que en los juicios
“bueno” y “malo”, la humanidad habría sumado y sancionado cabalmente
sus inolvidadas e inolvidables experiencias acerca de lo útil-conveniente,
de lo perjudicial-inconveniente.
“Bueno” es, según esta teoría, lo que desde siempre ha demostrado ser
útil: por lo cual le es lícito presentarse como “sumamente valioso”, como
“valioso en sí”. También esta vía de explicación es falsa, pero al menos la
explicación misma es en sí razonable y resulta psicológicamente sostenible.
La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el
resentimiento mismo se vuelve creador y engendra valores: el
resentimiento de aquellos seres a quienes les está vedada la auténtica
reacción, la reacción de la acción, y que se desquitan únicamente con una
venganza imaginaria.
Toda moral noble nace de un triunfante sí dicho a sí mismo, la moral de
los esclavos dice no, ya de antemano, a un “fuera”, a un “otro”, a un “no
yo”; y no es lo que constituye su acción creadora.
Del mismo modo como el pueblo separa el rayo de su resplandor y
concibe el segundo como un hacer, como la acción de un sujeto que se
llama rayo, así la moral del pueblo separa también la fortaleza de las
exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte hubiera un sustrato
indiferente, que fuera dueño de exteriorizar y, también, de no exteriorizar
fortaleza.
Pero tal sustrato no existe; no hay ningún “ser” detrás del hacer, del
actuar, del devenir; “el agente” ha sido ficticiamente añadido al hacer, el
hacer es todo.
En el fondo, el pueblo duplica el hacer; cuando piensa que el rayo lanza
un resplandor, esto equivale a un hacer-hacer: el mismo acontecimiento lo
pone primero como causa y luego, una vez más, como efecto de aquélla.
Cuando los oprimidos, los pisoteados, los violentados se dicen, movidos
por la vengativa astucia propia de la impotencia: “¡Seamos distintos de los
malvados, es decir, seamos buenos! Y bueno es todo el que no violenta, el
que no ofende a nadie, el que no ataca, el que no salda cuentas, el que
remite la venganza a Dios, el cual se mantiene en lo oculto igual que
nosotros, y evita todo lo malvado y exige un poco de la vida, lo mismo que
nosotros los pacientes, los humildes, los justos”, si lo escuchamos con
frialdad y sin ninguna prevención esto no significa en realidad más que lo
siguiente: “Nosotros, los débiles, por supuesto, somos débiles; conviene
que no hagamos nada para lo cual no nos sentimos lo bastante fuertes”.
Los dos valores contrapuestos “bueno y malo”, “bueno y malvado”, han
sostenido en la Tierra una lucha terrible que ha durado milenios, y aunque
es muy cierto que el segundo valor hace mucho tiempo que ha prevalecido,
sin embargo, tampoco faltan ahora lugares donde se continúa librando esa
lucha, no decidida aún.
Esos genealogistas de la moral que ha habido hasta ahora, ¿se han
imaginado, aunque sólo sea de lejos, que, por ejemplo, el capital concepto
moral “culpa” (Schuld) procede del muy material concepto “tener dudas”
(Shulden)?
El hombre se designaba como el ser que mide valores, que valora y
mide, como el “animal tasador de sí”. Compra y venta, junto con todos sus
accesorios psicológicos, son más antiguos que los mismos comienzos de
cualesquiera de las formas de organización social y que cualesquiera de las
asociaciones: el germinante sentimiento de intercambio, contrato, deuda,
derecho, obligación, compensación fue traspasado, antes bien, desde la
forma más rudimentaria del derecho personal a los más rudimentarios e
iniciales complejos comunitarios (en la relación de éstos con complejos
similares), juntamente con el hábito de comparar, medir, tasar poder con
poder.
Pronto se llegó, mediante una gran generalización, al “toda cosa tiene su
precio”, “todo puede ser pagado”, el más antiguo e ingenuo canon moral de
la justicia, el comienzo de toda “bondad de ánimo”, de toda “equidad”, de
toda “buena voluntad”, de toda “objetividad” en la Tierra.
La justicia, en este primer nivel, es la buena voluntad, entre hombres de
poder aproximadamente igual, de ponerse de acuerdo entre sí, de volver a
“entenderse” mediante un compromiso y, con relación a los menos
poderosos, de forzar a un compromiso a esos hombres situados por debajo
de uno mismo.
Se llama “malos” a muchos actos que sólo son estúpidos porque el nivel
de inteligencia de quien decidió realizarlos era muy bajo.
En cierto sentido, todos los actos son todavía hoy estúpidos, porque será
sin duda superado el nivel más alto que ha podido alcanzar la inteligencia
humana: cuando entonces se mire hacia atrás, todos nuestros actos y juicios
resultarán tan limitados e irreflexivos como nos parecen hoy los de los
pueblos salvajes y atrasados.
Entre los “actos buenos” y los “actos malos” no hay una diferencia de
especie, sino a lo sumo, de grado.
Los actos buenos son la sublimación de actos malos; y los actos malos
son actos buenos, pero realizados de una forma tosca y estúpida.
El mal en la esencia de las cosas –que tanto preocupa al ario
contemplativo-, el conflicto en el corazón del mundo, se le manifiesta como
un caos de mundos diferentes, de un mundo divino y de un mundo humano.
Cada uno de ellos, como individuo, está en su derecho, pero como tal,
enfrente de otro, debe sufrir por su individuación.
En el heroico arrebato del individuo nació lo universal; en su tentativa
de romper la barrera de la individuación y querer ser él la “única” esencia
del universo, hace suyo el conflicto primordial oculto en las cosas, es decir,
se hace criminal y sufre.
La religión
Es el miedo profundo y receloso a caer en un pesimismo incurable lo
que obliga a los hombres a aferrarse a durante miles de años, con uñas y
dientes, a una interpretación religiosa de la existencia.
Sé cuál es mi suerte. Un día, mi nombre irá unido a algo gigantesco, al
recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la Tierra, del más
profundo enfrentamiento de conciencia, de un juicio definitivo, mediante
un conjuro contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido y
santificado.
Yo no soy un hombre, soy dinamita. Y, con todo, no tengo nada de
fundador de una religión.
Las religiones son cosas de la chusma; yo necesito lavarme las manos
después de haberme relacionado con una persona religiosa. No quiero
“creyentes”; pienso que soy demasiado malo para creer en mí mismo;
nunca hablo a las masas.
¿Se han fijado hasta qué punto una vida auténticamente religiosa
necesita ociosidad o semiociosidad exterior? Tanto para su trabajo favorito
de autoanalizarse microscópicamente como para dedicarse a esa pereza
refinada que denominan “oración” y que es una preparación constante para
la “venida de Dios”.
¿Han reparado, entonces, en que la laboriosidad moderna, escandalosa,
avara de su tiempo, satisfecha de sí misma es algo que educa y dispone,
más que ninguna otra cosa, a la “falta de fe”?
Cuando el órgano más pequeño de un organismo deja de contribuir a su
autoconservación, a la recuperación de sus fuerzas, a su “egoísmo”, todo el
conjunto degenera. El fisiólogo exige que se extirpe la parte degenerada,
aísla del resto lo degenerado y no siente ni la más mínima compasión por
ello. El sacerdote, por el contrario, desea que todo, la humanidad, degenere,
y por eso mantiene lo degenerado; a este precio domina a la humanidad.
Entre los sacerdotes, cabalmente, todo se vuelve más peligroso, no sólo
los medios de cura y las artes médicas, sino también la soberbia, la
venganza, la sagacidad, el desenfreno, el amor, la ambición de dominio, la
virtud, la enfermedad.
También se podría añadir, con cierta equidad, que en el terreno de esta
forma esencialmente peligrosa de existencia humana, la forma sacerdotal
de existencia es donde el hombre, en general, se ha convertido en un animal
interesante, que únicamente aquí es donde el alma humana ha alcanzado
profundidad en un sentido superior y se ha vuelto malvada.
Los sacerdotes son, como es sabido, los enemigos más malvados. ¿Por
qué? Porque son los más imponentes. A causa de esa impotencia, el odio
crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro, en lo más
espiritual y más venenoso. Los máximos odiadotes de la historia universal,
también los odiadotes más ricos de espíritu, han sido siempre sacerdotes.
Comparado con el espíritu de la venganza sacerdotal, apenas cuenta ningún
otro espíritu.
La Iglesia es la que nos repugna, no su veneno… Prescindiendo de la
Iglesia, también nosotros amamos el veneno.
Se alcanza un nivel ciertamente muy elevado de cultura cuando el
hombre se libera de las ideas y temores supersticiosos y religiosos y, por
ejemplo, no cree ya en los simpáticos angelitos o en el pecado original, y
ha olvidado también hablar de la salvación del alma.
El Cristianismo
Aquel fraile fatídico llamado Lucero restauró la Iglesia y, lo que es
infinitamente peor, el Cristianismo, en el momento en que éste estaba
apunto de perecer.
El Cristianismo, que no es sino la negación de la voluntad de vivir,
convertida en religión.
Aquel fraile imposible que fue Lucero atacó a la Iglesia, movido por su
propia “impotencia”, con lo que la restauró. Los católicos deberían
rendirles honores a Lucero y escribir obras teatrales para conmemorar su
nombre.
El Cristianismo ha sido hasta hoy, la forma más funesta de presunción
que puede manifestar un sujeto.
La pretensión absoluta del Cristianismo a no tener en cuenta más que
valores morales me pareció siempre la forma más peligrosa, más
inquietante, de una “voluntad de aniquilamiento”; por lo menos, un signo
de laxitud morbosa, de profundo abatimiento, de agotamiento, de
empobrecimiento de la vida, pues en nombre de la moral (en particular, de
la moral cristiana, es decir, absoluta) “debemos” siempre e ineludiblemente
condenar la vida, porque la vida es algo esencialmente inmoral;
“debemos”, en fin, ahogar la vida bajo el peso del menosprecio y de la
eterna negación, como indigna a ser deseada y falta en sí de valor alguno.
El Cristianismo ha monopolizado hasta ahora el concepto de “ser
moral”, una curiosidad sin igual y, en cuanto “ser moral”, ha sido más
absurdo, más falaz, más vanidoso, más frívolo, se ha perjudicado más a sí
mismo, que todo lo que podría haber imaginado el mayor despreciador de
la humanidad.
Quien no es más que un débil y manso animal doméstico no siente otras
necesidades que las de un animal doméstico (como es el caso de las
actuales personas cultas, incluyendo las que profesan el Cristianismo
“culto”), no se asombrará ni menos aún se afligirá ante esas ruinas. El gusto
por el Antiguo Testamento constituye una piedra de toque que distingue lo
“grande” de lo “pequeño”.
Un hombre así, seguirá considerando que el Nuevo Testamento, el libro
de la gracia, se acomoda más a su corazón (hay en el mucho del
característico olor tierno y sofocante que despiden los que rezan y las almas
pequeñas).
El haber unido en un mismo volumen este Nuevo Testamento, que es
una especie de gusto rococó en todos los sentidos, y el Antiguo
Testamento, hasta formar un solo libro llamado “Biblia”, el “libro por
antonomasia”, tal vez represente la mayor temeridad y el mayor “pecado
contra el espíritu” que la Europa literaria tenga sobre su conciencia.
El Cristianismo fue, desde su origen, esencial y radicalmente, sociedad
y disgusto de la vida, que no hacen más que disimularse y solazarse bajo la
máscara de la fe en “otras” vidas, en “una vida mejor”. El odio del
“mundo”, el anatema de las pasiones, el miedo a la belleza y a la
voluptuosidad, un más allá futuro inventado para designar mejor el
presente, un deseo de aniquilación, de muerte, de reposo.
A mi me parece que Dante cometió un grosero error al poner, con
horrorosa ingenuidad, sobre la puerta de su Paraíso, la inscripción “también
a mí me creó el amor eterno”. Sobre la puerta del paraíso cristiano y de su
“bienaventuranza eterna” podría estar, en todo caso, con mejor derecho, la
inscripción “también a mí me creó en odio eterno”, ¡presuponiendo que a
una verdad le sea lícito estar colocada sobre la puerta que lleva a una
mentira!
Dios
La idea de Dios “padre” ha sido plenamente refutada, al igual que la de
Dios “juez” y la de “remunerador”. Lo mismo cabe decir de la idea de que
ese Dios tenga una “voluntad libre”: no oye, y si oyese, no sabría entonces
cómo ayudarnos. Lo peor de todo es que parece incapaz de comunicarse
con claridad.
Tal vez llegue un día en que los conceptos más solemnes, aquellos por
los que se ha combatido y sufrido, los conceptos de “dios” y de “pecado”,
nos parezca tan poco importantes como le parecen al anciano los juegos y
los dolores infantiles. Y puede que ese “anciano” –que seguirá siendo
siempre lo bastante niño, un niño eterno- necesite entonces un nuevo
juguete y un nuevo dolor.
La piedad, la “vida de Dios” se manifiestan como el engendro más sutil
y exagerado del miedo a la verdad, como la adoración y la embriaguez de
un artista ente la más consecuente de las falsificaciones, como la voluntad
de invertir la verdad, como la voluntad de negar la verdad a toda costa.
Puede que no haya habido hasta hoy una forma más enérgica de
embellecer al hombre, que la piedad. Gracias a ella, el hombre puede llegar
a convertirse en arte, en superficie, en juego de colores y en bondad, hasta
un extremo tal que su aspecto ya no resulte hiriente.
Con quien más deshonestos somos es con nuestro Dios: ¡él no puede
pecar!
La tendencia a rebajarse, a dejar que le roben, que lo engañen y lo dejen
sin nada, sería el pudor característico de un dios en medio de los hombres.
El demonio es quien tiene una visión más amplia de Dios; por eso se
mantiene tan lejos de él. Y no olvidemos que el demonio es el amigo más
viejo del conocimiento.
El concepto de “Dios” ha sido inventado como una idea antitética de la
vida; él es el compendio, en terrible unidad, de todo lo nocivo,
envenenador, calumniador, de toda guerra a muerte contra la vida.
El sentimiento de tener una deuda con la divinidad no ha dejado de
crecer durante muchos milenios, haciéndolo en la misma proporción en que
en la tierra crecían y se elevaban a las alturas, el concepto de Dios y el
sentimiento de Dios.
Puede que tras la fábula y el disfraz sagrados de la vida de Jesús, se
oculte uno de los casos más dolorosos del tormento que sufre quien sabe lo
que es el amor: el tormento del corazón más inocente y más ansioso,
insaciable de amor humano, que exigía amor, ser amado y nada más, con
dureza, con frenesí, con terribles reacciones de cólera contra quienes no
aceptaban su amor.
La historia (de Jesús) es la de un pobre ser tan insatisfecho e insaciable
de amor que tuvo que inventar el infierno para mandar a él a quienes no lo
querían amar, y que, después de saber lo que es el amor humano, tuvo que
inventarse un dios que fuese todo el amor y capacidad de amar, que se
compadeciese del amor humano, a causa de su miseria y se su ignorancia.
Cuando se siente así, cuando se sabe hasta ese punto lo que es el amor,
se busca la muerte.
Yo mismo no creo que nadie haya escrutado nunca el mundo con tan
profundo recelo, y no sólo como ocasional abogado del diablo, sino –para
hablar teológicamente-, como enemigo y acusador de Dios.
El mundo, la objetivación liberadora de Dios, perpetuamente y en todo
instante “consumada”, en cuanto visión eternamente cambiante,
eternamente nueva de Él, que lleva consigo los grandes sufrimientos, los
más irreductibles conflictos, los más extremados contrastes, y que no puede
libertarse de ellos más que en las “apariencias”.
El espíritu
El ritmo del metabolismo guarda una estrecha relación con la agilidad o
la torpeza de los pies del espíritu. El propio “espíritu” no es, en última
instancia, más que una especie de metabolismo.
El concepto de “alma”, de “espíritu” y, en último término, también el de
“alma inmortal” ha sido inventado para despreciar el cuerpo, para hacer
que enferme, para volverlo “santo”, para contraponer una horrible
frivolidad a todo lo que merece ser tomado en serio en la vida: lo relativo a
la alimentación la vivienda, la dieta espiritual, el tratamiento de los
enfermos, la limpieza, el clima…
Veneramos lo callado, lo frío, lo noble, lo lejano, lo pasado, en general
todo aquello cuyo aspecto no obliga al alma a defenderse y a cerrarse; algo
con lo que se pueda hablar, sin elevar la voz. Escúchese el sonido que tiene
un espíritu cuando habla: todo espíritu tiene su sonido, ama su sonido.
Un alma que sabe que la aman y que a su vez no ama, descubre lo que
hay al fondo de ella: lo más bajo de esa alma aflora a lo superficie.
Espíritu es la vida que muerde en la propia carne ¡en su padecimiento,
acrecienta su saber!
El sujeto (o, hablando de un modo más popular, el alma) ha sido hasta
ahora, en la Tierra, el mejor dogma, tal vez porque a toda la ingente
muchedumbre de los mortales, a los débiles y oprimidos de toda índole, les
permitía aquel sublime autoengaño de interpretar la debilidad misma como
libertad, interpretar su ser-así-y-así como mérito.
Responsabilizar a nuestro pensamiento, esto es, al “espíritu”, de la
falsedad del mundo –respetable huida a la que recurre todo defensor
consciente o inconsciente de Dios-, considerar que este mundo, junto con el
espacio, el tiempo, la forma y el movimiento son deducciones falsas,
constituye, cuando menos, un buen motivo para aprender a desconfiar de
todo pensamiento: ¿no nos habrá estado jugando éste hasta hoy la más
pesada de sus bromas? ¿Y qué nos asegura que no va a seguir haciendo lo
mismo de siempre?
La mujer
La mujer perfecta, cuando ama, desgarra. Conozco a esas amables
ménades. ¡Qué peligrosos e insinuantes son esos animalitos de presa
subterráneos!; ¡pero qué agradables también!
Una mujer insignificante que esté dispuesta a vengarse sería capaz de
cambiar el destino.
La mujer es increíblemente más mala que el hombre, y también más
sensata; la bondad en la mujer es ya una forma de degeneración.
El concepto de liberación de una mujer es la manifestación del odio
instintivo de la mujer mal constituida, es decir, de la que no puede tener
hijos, contra la mujer bien constituida; la lucha contra el hombre no es
nunca más que un medio, un pretexto, una táctica.
Al elevarse a sí misma, como mujer en esencia, lo que pretende es
rebajar el nivel general de la mujer. Y para ello, los medios más seguros
son estudiar el bachillerato, ponerse pantalones y tener los derechos
políticos del animal electoral.
En el fondo, la liberadas son las anarquistas en el ámbito de “lo eterno
femenino”, las fracasadas cuyo instinto más arraigado es el de venganza.
La mujer aprende a odiar a medida en que va dejando de atraer.
Los mismos efectos presentan un ritmo distinto en el hombre y en la
mujer. Esta es la razón de que uno y otra no lleguen a entenderse nunca.
En el fondo de toda su vanidad personal, las propias mujeres mantienen
siempre un desprecio impersonal…por “la mujer”.
La gran esperanza que tiene puesta en el amor sexual y el pudor que
genera semejante esperanza es lo que hace que las mujeres pierdan de
antemano todas las perspectivas.
Cuando en la obra teatral no hacen acto de presencia el amor o el odio,
la mujer representa muy mal su papel.
En la venganza y en el amor, la mujer es más salvaje que el hombre.
Cuando una mujer siente la necesidad de adquirir conocimientos,
generalmente hay algo en su sexualidad que no funciona. La esterilidad
hace que el gusto se virilice. Y es que el varón constituye, efectivamente,
“el animal estéril”, valga la expresión.
La mujer quiere independizarse, y para ello, trata de enseñar al hombre
lo que es la “mujer en sí”. Este es uno de los peores progresos dentro del
afeamiento general que afecta a Europa.
¡Qué irán a sacar a luz esos torpes intentos femeninos de ser científicas
y de mostrarse al desnudo, con la cantidad de motivos que tiene la mujer
para ser vergonzosa y la pedantería, superficialidad, dogmatismo y
presunción, desenfreno e inmodestia mezquinos que se esconden en su
interior –no hay más que ver cómo tratan a los niños-, cosas todas ellas
que, en el fondo, nada les ha hecho reprimir y dominar mejor hasta hoy que
el miedo al hombre!
Desde el principio de los tiempos, no hay nada más ajeno, odioso y
contrario a la naturaleza e la mujer que la verdad; su gran arte es la mentira;
su mayor preocupación es la apariencia y la belleza.
Ese arte y ese instinto son precisamente lo que honramos y amamos en
la mujer. Nosotros, que vivimos llenos de problemas. Para que nos alivien
de ellos, nos acercamos a esas criaturas cuyas manos, miradas y tiernas
insensateces hacen que nuestra seriedad y nuestra profundidad nos
parezcan en cierto modo una insensatez más.
Demuestra que sus instintos están corrompidos, además de que tiene
muy mal gusto, la mujer que apela precisamente a Madame Rolan, a
Madame de Staël o a monsieur George Sand, como si de este modo
demostrara algo a favor de “la mujer en sí”. Para nosotros los hombres, las
tres mujeres que he citado son ridículas sin paliativos, ni más ni menos, y
constituyen precisamente excelentes e involuntarios argumentos en contra
de la emancipación y del dominio femeninos.
La estupidez introducida en la cocina; la mujer haciendo de cocinera; la
forma tan espantosamente descuidada con la que se prepara la comida de la
familia y del dueño de la casa. La mujer desconoce el significado de la
comida ¡y pretende ser cocinera!
Si la mujer fuera una criatura que pensara, al haberse dedicado a la
cocina, habría debido descubrir los principales fenómenos fisiológicos y
habría terminado imponiéndose en el arte de la medicina.
Las malas cocineras, la falta absoluta de la racionalidad en la cocina, es
lo que más a retrasado y perjudicado el desarrollo del hombre. Hoy en día,
sólo se ha conseguido mejorar esto un poco. Sirva esto de lección a las
alumnas de los cursos más avanzados.
Equivocarse en el problema fundamental del “hombre y la mujer”, negar
que entre ellos se da necesariamente el más abismal de los antagonismos,
así como una tensión, eternamente hostil, soñar que puedan tener igualdad
de derechos, una misma educación e idénticos deberes constituye un signo
característico de superficialidad, y hay que considerar sospechoso –más
aún, hay que considerar que se traiciona a sí mismo y que queda al
descubierto- todo pensador que en este espinoso tema se manifiesta
instintivamente superficial.
Un hombre que posee profundidad tanto en su espíritu como en sus
apetitos y que dispone también de esa profundidad propia de una
benevolencia capaz de mostrarse rigurosa y dura hasta el punto de parecer
mera severidad y mera dureza, no puede considerar a la mujer más que de
una forma oriental; esto es, tiene que concebir a la mujer en términos de
posesión, como un objeto de propiedad susceptible de encerrarse bajo llave,
como una criatura destinada a servir y cuyo perfeccionamiento radica en el
cumplimiento de este papel.
Lo que en la mujer infunde respeto y miedo es su naturaleza, que es
“más natural” que la del hombre, su característica y astuta elasticidad de
animal de presa, la garra de tigre que esconde bajo el guante, la ingenuidad
de su egoísmo, su resistencia a dejarse educar, su profundo salvajismo, el
carácter inaprensible, vasto y cambiante de sus apetencias y sus virtudes…
Pese al miedo que nos produce, nos compadecemos de ese peligroso y
bello felino que es la mujer, por el hecho de que aparece como el animal
más doliente y vulnerable, más necesitado de amor y más condenado al
desengaño. Miedo y compasión son los sentimientos que ha experimentado
hasta hoy el hombre ante la mujer, siempre rozando la tragedia que
desgarra porque embelesa.
Los pueblos
Hay dos clases de genio: el que, antes que nada, fecunda y desea
fecundar a otros, y el que prefiere dejarse fecundar y dar a luz.
De igual forma, entre los pueblos geniales, hay unos a quienes les ha
tocado el papel femenino de gestar y la tarea oculta de modelar, madurar y
consumar –los griegos, por ejemplo, al igual que los franceses-; y otros que
han de fecundar e implantar en la vida un orden nuevo, como los judíos, los
romanos y puede que, dicho sea con modestia, también los alemanes.
Estas dos clases de genios se buscan entre sí como el hombre y la mujer,
pero a la vez tienen una idea falsa el uno del otro… también como el
hombre y la mujer.
Cada pueblo tiene su propia forma de ser hipócrita, y a eso le llama “sus
virtudes”. No conocemos ni podemos conocer lo mejor que hay en
nosotros.
Las palabras son signos sonoros de conceptos; pero los conceptos son
signos imaginativos, más o menos precisos, de sensaciones que se repiten
con frecuencia y al mismo tiempo, lo que hace que se formen grupos de
sensaciones.
Para entendernos mutuamente no basta con emplear las mismas
palabras: con esas mismas palabras hay que designar también el mismo tipo
de vivencias internas; lo que exige, a fin de cuentas, tener una experiencia
común con el otro.
Esta es la causa de que los individuos de un mismo pueblo se entiendan
mejor entre sí que con los pertenecientes a pueblos diferentes, aunque éstos
hablen el mismo idioma.
Confesemos de qué forma ha surgido en la tierra toda cultura superior.
Unos hombres dotados de un carácter muy cercano aún a la naturaleza,
bárbaros en todo el sentido terrible de la palabra, hombres de presa en
posesión de una fuerza de voluntad y de un ansia de poder aún intactos, se
lanzaron sobre razas más débiles, más civilizadas, más pacíficas, dedicadas
al comercio o al pastoreo, o sobre antiguas culturas agotadas, cuya última
fuerza vital se extinguía en brillantes juegos artificiales en el ámbito del
espíritu y de la corrupción.
La casta aristocrática fue siempre en sus inicios la casta de los bárbaros:
su supremacía no radicaba tanto en la fuerza física como el la psíquica,
Eran hombres más enteros, lo que equivale a decir “bestias más enteras”,
en todos los sentidos.
Es totalmente imposible que un hombre no tenga en su cuerpo, al
margen de las apariencias, las cualidades y los gustos de sus padres y
antepasados. Este es el problema de la raza. Esa repugnante incapacidad de
autocontrolarse, esa forma mezquina de envidiar y ese modo torpe de darse
la razón que, unidos, han caracterizado siempre al auténtico plebeyo, se
transmiten a los hijos, al igual que la sangre corrompida.
Un pueblo es el rodeo que da la naturaleza para hacer que aparezcan seis
o siete grandes hombres…y para huir después de ellos.
La locura se da raras veces en los individuos; pero constituye la regla
general en los grupos, en los partidos, en las naciones y en las épocas
históricas.
La explotación no es un hecho inherente a una sociedad corrompida,
imperfecta o primita: forma parte de la esencia de lo vivo, como función
orgánica fundamental; es una consecuencia de la voluntad de poder
propiamente dicha, lo que equivale a decir que es la voluntad propia de la
vida.
La política
Respecto de todos los partidos: todo pastor necesita además un carnero
para guiar el rebaño…, a menos que haga él de carnero.
Cuando su poder se acrecienta, la comunidad deja de conceder tanta
importancia a las infracciones del individuo, pues ya no le es ilícito
considerarlas tan peligrosas y tan subversivas para la existencia del todo.
El movimiento democrático no es sólo una forma de decadencia de la
organización política, sino una forma de decadencia, es decir, de
empequeñecimiento del ser humano, que lo reduce a la mediocridad y lo
desvaloriza.
La degeneración global del hombre puede llegar al extremo de ese
“hombre del futuro” en que cifran su ideal los estúpidos y necios
socialistas, esto es, a una degeneración y reducción del hombre a un mero
animal de rebaño (o a un hombre de la “sociedad libre”, como dicen ellos),
que haría de éste minúsculo animal, con igualdad de derechos y de
pretensiones.
Ahora me dan a entender que aquéllos no sólo son mejores que los
poderosos, que los señores de la tierra, cuyos esputos ellos tienen que lamer
(no por temor, ¡de ninguna manera por temor!, sino porque Dios manda
honrar toda autoridad). Ese taller donde se fabrican ideales, me parece que
apesta de mentiras.
Un poco de silencio, un poco de tabla rasa de la conciencia, a fin de que
de nuevo haya sitio para la nuevo, y sobre todo para las funciones y
funcionarios más nobles, para el gobernar, el prever, el predeterminar; éste
es el beneficio de la activa capacidad de olvido, una guardiana de la puerta,
por así decirlo, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de
la etiqueta.
Hemos de demostrarnos a nosotros mismos que estamos destinados a
ser independientes y a mandar, y hemos de hacerlo lo más pronto posible.
No vincularse con nadie, ni siquiera con la persona que más queremos,
porque toda persona es una cárcel más sufriente y necesitada.
No dejarse llevar por la compasión, aunque sea una compasión dirigida
a hombres superiores, cuyo extraordinario martirio y desamparo
observamos por azar. No apegarse a una ciencia, por mucho que nos atraiga
con los inestimables descubrimientos que, al parecer, nos tiene reservados.
No apegarnos a muestras virtudes; no sacrificarnos, como seres totales, por
algo que nos singularice. Hay que saber reservarse: he aquí la mejor prueba
de que se es independiente.
Arte y artistas
La apariencia de plenitud de belleza del mundo del ensueño, en la
producción del cual todo hombre es un artista completo, es la condición
previa de todo arte plástico, y ciertamente también, como veremos, de una
parte esencial de la poesía.
No complacemos en la comprensión inmediata de la forma; todas las
formas nos hablan; ninguna es diferente; ninguna es inútil. Y, sin embargo,
la vida más intensa de esta realidad de ensueño nos deja aún el sentimiento
confuso de que no es más que una apariencia.
El hombre dotado de una sensibilidad artística se comporta respecto de
la realidad del ensueño, de la misma manera que el filósofo enfrente de la
realidad de la existencia: la examina minuciosamente, pues en esos cuadros
descubre una interpretación de la vida, y con ayuda de esos ejemplos, se
ejercita en la vida. Y no son solamente, como pudiera creerse, las imágenes
agradables y seductoras lo que él encuentra en sí mismo con esta absoluta
lucidez: lo severo, lo sombrío, lo triste, lo siniestro, los obstáculos
imprevistos, los sarcasmos de la suerte, las angustias; en una palabra, toda
la “Divina Comedia” de la vida, con su “Infierno”, se desarrolla ante él.
El artista griego sentía, al contemplar sus divinidades, un oscuro
sentimiento, de dependencia recíproca, y éste es el sentimiento que
simboliza el Prometeo de Esquilo.
La alegría de la creación en el artista, la serenidad de la facultad
genética que parece desafiar todo infortunio, no es más que una imagen
luminosa de nubes y celajes que se refleja en el lago sombrío de la tristeza.
El artista, ante toda manifestación nueva de la verdad, se desvía de la
claridad reveladora y contempla, siempre con mirada encantada, lo que, a
pesar de esta claridad, permanece aún en las tinieblas. El hombre teórico se
sacia en el espectáculo de la oscuridad vencida y encuentra su máximo
placer en el advenimiento de una verdad nueva, sin cesar victoriosa, y que
se impone por su propia fuerza.
Se debe perdonar al artista el hecho de que no figure en las primeras
filas de la ilustración y de la progresiva viril educación de la humanidad: ha
sido durante toda su vida un niño, un adolescente, y se ha detenido en el
punto en que lo ha sorprendido su impulso artístico. Involuntariamente, su
deber se convierte en hacer que la humanidad vuelva a su niñez; ésta es su
gloria y su límite.
Los artistas han sido, en todas las épocas, los ayudas de cámara de una
moral o de una filosofía o de una religión; prescindiendo totalmente, por
otro lado, del hecho de que, por desgracia, han sido muy a menudo los
demasiado maleables cortesanos de sus seguidores y mecenas, así como
perspicaces aduladores de poderes antiguos o de poderes nuevos y
ascendentes.
Todo artista sabe que, en estados de gran tensión y preparación
espiritual, el dormir con mujeres produce un efecto muy nocivo.
El actor no puede dejar de pensar en la impresión que causa su persona
y en el efecto escénico en general, ni siquiera cuando siente el más hondo
dolor, incluyendo el entierro de su hijo, por ejemplo: llorará por encima de
su propio sufrimiento y de sus manifestaciones, como si fuera un
espectador de sí mismo.
El hombre artísticamente impotente se crea a sí mismo de una forma de
arte adecuada, justamente por la misma razón de que es el hombre
antiartístico en sí.
La esfera de la poesía no está fuera del mundo, ensueño imposible de un
cerebro de poeta; quiere ser precisamente lo contrario: la expresión sin
ambages de la verdad, y para esto, le es preciso rechazar el falso atavío de
esta pretendida realidad del hombre civilizado. El contraste entre esta
verdad propia de la naturaleza y la mentira de la civilización actuando
como única realidad es comparable al que existe entre la esencia eterna de
las cosas, la cosa en sí y el conjunto del mundo de las apariencias.
Sólo el genio, en el acto de la reproducción artística y en cuanto se
identifica con esta arista primordial del mundo, sabe algo de la eterna
esencia del arte, pues entonces, como por milagro, se ha hecho semejante a
la turbadora figura de la leyenda, que tenía la facultad de volver sus ojos
hacía sí misma para contemplarse; ahora es a la vez, sujeto y objeto, poeta,
actor y espectador.
¿Qué es lo único que somos capaces de escribir u de pintar con nuestros
pinceles de mandarines chinos, quienes eternizamos lo que se deja escribir?
¡Sólo lo que está empezando a marchitarse y a perder su perfume! ¡Sólo
tormentas que se alejan y disipan, y sentimientos que el otoño ha tornado
amarillos! ¡Sólo pájaros perdidos y cansados de volar que se dejan apresar
por nuestras manos!
Eternizamos todo lo que ya no puede vivir ni volar, lo que ya está
cansado y reblandecido.
Para pintar tan sólo vuestro atardecer, pensamientos míos escritos y
coloreados, mi paleta dispone de colores –de múltiples colores de infinitos
matices y delicados tonos de amarillos, grises, verdes y rojos-, pero nadie
es capaz de adivinar, viendo mi pintura, cuál fue el esplendor de vuestra
mañana, súbitas centellas, maravillas de mi soledad, viejos y
queridos…malos pensamientos míos!
Del mismo modo que el artista, el hombre teórico encuentra también en
lo que lo rodea una satisfacción infinita, y este sentimiento lo protege,
como al artista, contra la filosofía práctica del pesimismo y sus ojos de
lince no lucen más que en las tinieblas.
Los filósofos y la filosofía
Es indiscutible que, desde que hay filósofos en la Tierra, y en todos los
lugares en que los ha habido, existe inauténtica irritación y un auténtico
rencor de aquéllos contra la sensualidad. Igualmente existe una auténtica
parcialidad y una auténtica predilección de los filósofos por el ideal
ascético en su totalidad; esto es cosa sobre la cual y frente a la cual no
debemos hacernos ilusiones.
A un filósofo se lo reconoce en que se aparta de tres cosas brillantes y
ruidosas: la fama, los príncipes y las mujeres, con lo cual no se ha dicho
que estas cosas no vengan a él.
Un filósofo casado es un personaje de comedia.
¡Tengan cuidado, filósofos, amigos del conocimiento y guárdense del
martirio, de sufrir “por la verdad”! ¡Cuídense incluso, de defenderse!
Porque esto corrompe la inocencia y la neutralidad sutil de su conciencia;
hace que se enfrenten con testarudez a las críticas y a los trapos rojos; los
atonta; los convierte en animales, pues los vuelve toros al tener que luchar
contra el peligro la difamación, la sospecha, la repulsa y otras
consecuencias de la hostilidad más burda aun, para acabar representando el
papel de defensores de la verdad en la Tierra.
Esos nuevos filósofos que están apareciendo en el horizonte, esos tales
espíritus no son más que ventanas cerradas y puertas atrancadas. Esos
espíritus erróneamente llamados “libres” son “niveladores”, en la medida
en que son esclavos locuaces y fecundos plumíferos al servicio del gusto
democrático y de las “ideas modernas”; hombres todos ellos privados de
soledad, zopencos atrevidos a los que hay que reconocer valentía y
costumbres respetables, pero que son precisamente no libres y
ridículamente superficiales, sobre todo en su tendencia fundamental a
considerar que las formas de la antigua sociedad existente hasta hoy
constituyen la causa de casi toda la miseria y el fracaso de los hombres: lo
cual hace que inviertan alegremente la verdad.
Los auténticos filósofos son hombres que mandan y legislan.
Son los que dicen: “¡Debe ser así!”; los que determinan “hacia dónde”
debe ir el ser humano y “por qué” ha de hacerlo; y para ello disponen de la
labor que previamente han realizado todos los obreros de la filosofía, todos
los que han dominado el pasado.
Los filósofos son los que extienden sus manos creadoras hacia el futuro;
y todo lo que ha existido y existe les sirve de medio, de instrumento, de
martillo. Para ellos, “conocer” es crear, y crear es legislar; su voluntad de
verdad es…voluntad de poder…
Un filósofo es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha,
espera y sueña cosas extraordinarias.
Alguien al que sus propios pensamientos lo golpean como si le llegaran
de afuera, de arriba y de abajo; como si fueran acontecimientos y rayos que
lo asaltaran específicamente a él.
Tal vez sea él mismo una tormenta que avanza grávida de rayos nuevos;
un hombre fatal, rodeado siempre de truenos, de rugidos, de aullidos y de
presagios inquietantes.
Un filósofo, ¡ay!, es un ser que a menudo huye de sí mismo, que con
frecuencia se teme, pero que es demasiado curioso como para no estar
constantemente “volviendo sobre sí mismo”…
Yo llegaría a establecer que jerarquía entre los filósofos, en función del
grado de su risa, cuya cúspide la ocuparían quienes fueran capaces de
lanzar áureas carcajadas.
Y si los dioses filosofan –conclusión a la que he llegado por diferentes
vías-, no dudo que, al hacerlo, también saben reírse, de una forma nueva y
sobrehumana, a costa de todo lo serio.
A los dioses les gusta burlarse: parece que no pueden contener la risa ni
durante la celebración de ceremonias religiosas.
Mi filosofía me aconseja callar y no hacer más preguntas, máxime si
como dice el proverbio, en ciertos uno sólo sigue siendo filósofo si calla.
No tenemos nosotros derecho a estar solos en algún sitio: no nos es
lícito ni equivocarnos solos, ni solos, encontrar la verdad. Antes bien, con
la necesidad con que un árbol da sus frutos, así brotan de nosotros nuestros
pensamientos nuestros valores, nuestros sí y nuestros no, nuestras
preguntas y nuestras dudas –todos ellos emparentados y relacionados entre
sí-, testimonios de un única voluntad, de una única salud, de un único reino
terrenal, de un único sol.
-¿Les gustarán a ustedes estos frutos nuestros? –Pero ¡qué les importa
eso a los árboles! ¡Qué nos importa eso a nosotros los filósofos!
La filosofía no es otra cosa sino ese instinto tiránico (la voluntad de
poder en su manifestación más intelectual) de “crear el mundo”, de ser
causa primera.
Nosotros, los que conocemos, somos desconocidos para nosotros;
nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene un
buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, ¿cómo iba a suceder que
un día nos encontrásemos?
Lo que nos vuelve locos no es dudar sino estar convencidos de algo;
pero para experimentar esto, hay que ser profundo, abismal, filósofo.
Si conservamos un mínimo de superstición, será difícil no aceptar la
idea de que no somos, realmente, más que una simple encarnación, un
simple instrumento musical, un simple médium de fuerzas muy superiores.
Los conceptos filosóficos con son algo arbitrario, algo que se desarrolla
por sí mismo, sino que crecen relacionados y emparentados entre sí y,
aunque en apariencia surjan súbita y caprichosamente en la historia del
pensamiento, en la realidad forman parte de un sistema, al igual que todos
los integrantes de la fauna de una zona de la Tierra.
Los fisiólogos deberían reflexionar más, antes de afirmar que el instinto
de conservación es el instinto fundamental del ser orgánico. El ser vivo
quiere, ante todo, dar rienda suelta a su fuerza –la propia vida es voluntad
de poder-, y la autoconservación no es más que una de las consecuencias
indirectas y más frecuentes de ello.
¿Será verdad que sólo quede una única forma de pensar que implique,
como resultado personal, la desesperación y, como resultado teórico, una
filosofía de la destrucción?
Todo trabajo comprometedor ejerce una influencia ética. El esfuerzo
que significa concentrarse en un tema y darle una estructura armónica, es
como una piedra que cae en el interior de nuestra vida misma; del círculo
más pequeño se van formando muchos círculos cada vez más amplios.
En la medida en que toda metafísica se ha ocupado principalmente de la
sustancia y de la libertad de la voluntad, se la debe designar como la
ciencia que trata de los errores fundamentales del hombre, aunque lo hace
como si fuesen verdades fundamentales.
Si se encuentra en este grado de liberación, le queda aún por superar,
con la máxima tensión de su reflexión, la metafísica.
Bajo la influencia de la verdad contemplada, el hombre no percibe ya
por todas partes, más que lo horrible y absurdo de la existencia.
Conocimiento y revelación
Inversión de todos los valores: he aquí mi fórmula para designar un acto
de supremo autoconocimiento de la humanidad, acto que se ha hecho carne
y genio en mí.
Mi suerte ha querido que yo sea el primer hombre honrado, que está
totalmente en contra de una falsedad que ha durado milenios.
Yo he sido el primero en descubrir la verdad, puesto que he sido el
primero en percibir, en oler, la mentira. Mi genio se encuentra en mi nariz.
Yo estoy en contra como nunca se ha estado y, a pesar de ello, soy la
antítesis de un espíritu negativo. Soy un alegre mensajero como no lo ha
habido nunca; sé de misiones tan elevadas que, hasta hoy, no se disponía
del concepto necesario para comprenderlas. Hasta que yo llegué, no ha
habido esperanzas.
Aprender nos transforma, al igual como sucede con todos los demás
alimentos que, según saben los fisiólogos, no se limitan a “mantenernos”.
Despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere la sabiduría: es una
mujer, ama siempre únicamente a un guerrero…
La revelación es un éxtasis cuya desmesurada tensión se desata a veces
en un torrente de lágrimas; un éxtasis en el que unas veces se precipita el
paso y otras se vuelve lento; un estar fuera de nosotros mismos, que nos
deja la conciencia de un sinnúmero de delicados temores que hacen que nos
estremezcamos hasta los dedos de los pies; un abismo de la felicidad en que
el dolor y la tristeza extremos no actúan como antítesis, sino como un color
necesario en el seno de esa superabundancia de luz.
Todo sucede de una forma totalmente involuntaria, y es como si nos
viéramos envueltos en un torbellino de sensaciones de libertad, de
soberanía, de poder, de divinidad. Se pierde toda idea; todo lo que es
imagen y símbolo se presenta como la manifestación más próxima, más
precisa, más simple.
La revelación se concibe como la visión o la audición repentina, segura
y precisa de algo que nos trastorna, y conmueve en lo más íntimo. La
oímos, sin pretenderlo; la tomamos, sin preguntar quién nos la da; el
pensamiento refulge como un rayo, sin ningún tipo de vacilación.
Con razón se ha dicho; “Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro
corazón”; nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro
conocimiento. Estamos siempre en camino hacia ellas; cual animales
alados de nacimiento y recolectores de miel del espíritu, nos preocupamos
de corazón, precisamente de una sola cosa: de “llevar a casa” algo. En lo
que se refiere, por lo demás, a la vida, a las denominadas “vivencias”,
¿quién de nosotros tiene siquiera suficiente seriedad para ellas? ¿O
suficiente tiempo?
Necesariamente permanecemos extraños a nosotros mismos, no nos
entendemos, tenemos que confundirnos con otros. En nosotros se cumple
por siempre la frase que dice “cada uno es para sí mismo el más lejano”; en
lo que a nosotros se refiere, no somos “lo que conocemos”.
Mi sabiduría ha consistido en haber sido muchas cosas y en muchos
sitios, para poder llegar a ser una sola cosa. No tuve más remedio que ser
también un erudito durante un cierto tiempo.
Me “liberé” de los libros; por años, no leí nada, y ése fue el mayor
beneficio que me pude hacer a mí mismo. Mi yo más íntimo, que había
quedado casi sepultado y casi enmudecido a causa de tener que estar
oyendo constantemente a otros individuos (leer no significa otra cosa más
que esto), se despertó poco a poco, tímido y vacilante, y terminó por volver
a hablar.
Mi misión consiste en preparar para la humanidad un instante de
autoconocimiento supremo, un gran mediodía en el que mire hacia atrás y
hacia delante, en el que se libere del dominio del azar y de los sacerdotes y
se plantee por primera vez, en conjunto, la cuestión del porqué y del para
qué-
El atractivo que ejerce el conocimiento sería muy débil si para llegar a
él no tuviéramos que vencer tanto pudor.
El hombre
Cuando somos jóvenes, veneramos y despreciamos sin dar muestras aún
de ese arte del matiz que representa el mejor beneficio de la vida; ello
justifica que tengamos que pagar duramente nuestra actitud ante personas y
cosas, en término de una simple aceptación o rechazo.
Todo está preparado par que el peor de los gustos, es decir, el gusto de
lo absoluto, resulte burlado y profanado cruelmente, hasta que el hombre
aprenda a poner un poco de arte en sus sentimientos y, mejor aún, se atreva
a probar lo artificial, como hacen los auténticos artistas de la vida.
La cólera y la veneración que caracterizan a la juventud parecen no
descansar hasta haber falseado tan a fondo las personas y las cosas que,
hasta pueden desahogarse en ellas. La juventud es, ya de por sí, algo que
tiende a falsear y engañar.
¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra “el hombre”?, pues
nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda. No es el temor sino, más
bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano
“hombre” ocupe el primer plano y pulule en él; que el “hombre manso”, el
incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí
mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como
“hombre superior”.
En el hombre aparecen unidos la criatura y el creador: en él hay materia,
fragmento, residuo, fango, basura, absurdo, caos; pero el hombre es
también creador, escultor, duro martillo y dios que contempla su obra al
llegar el séptimo día.
Lo que eleva al hombre no es la intensidad de un sentimiento elevado,
sino o que éste dura.
Loa hombres profundamente tristes se ponen en evidencia cuando son
felices: tienen una manera de agarrar la felicidad, como si quisieran
estrangularla y ahogarla, por celos. ¡Demasiado bien saben, ay, que la
felicidad les huye!
Cantando y bailando, el hombre se siente miembro de una comunidad
superior; ya se ha olvidado de andar y de hablar, y está a punto de volar por
los aires, danzando. Sus gestos delatan una encantadora beatitud.
Del mismo modo como ahora los animales hablan y la tierra produce
leche y miel, también la voz del hombre resuena como algo sobrenatural: el
hombre se siente dios; su actitud es tan noble y plena de éxtasis como la de
los dioses que ha visto en sus ensueños.
El hombre no es ya un artista, es una obra de arte: el poder estético de la
naturaleza entera, por la más alta beatitud y la más noble satisfacción de la
unidad primordial, se revela aquí bajo el estremecimiento de la embriaguez.
Suponiendo que fuera verdadero algo que en todo caso ahora se cree ser
“verdad”, es decir, que el sentido de toda cultura consistiese cabalmente en
sacar del animal rapaz “hombre”, mediante la crianza, un animal manso y
civilizado, un animal doméstico, habría que considerar sin ninguna duda
que todos aquellos instintos de reacción y resentimiento, con cuyo auxilio
se acabó por humillar y dominar a las razas nobles, así como todos sus
ideales, han sido los auténticos instrumentos de la cultura.
El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran
nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa…Hoy no vemos nada que
aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo,
más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido,
más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano; el hombre, no
hay duda, se vuelve cada vez “mejor”. Justo en esto reside la fatalidad de
Europa: al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor por
él, la esperanza en él, más aun, la voluntad de él. Actualmente, la visión del
hombre cansa. ¿Qué es hoy el nihilismo, si no es eso? Estamos cansados
del hombre.
La madurez del hombre consiste en recuperar la seriedad con que jugaba
cuando era niño.
Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas… ¿no es
precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza se ha
propuesto con respecto al hombre? ¿No es éste el auténtico problema del
hombre?
El hecho de que tal problema se halle resuelto en gran parte, tiene que
parecer tanto más sorprendente a quien sepa apreciar del todo la fuerza que
actúa en su contra, la fuerza de la capacidad de olvido.
Con ayuda de la eticidad de la costumbre y de la camisa de fuerza
social, el hombre fue hecho realmente calculable.
El hombre “libre”, el poseedor de un voluntad duradera e
inquebrantable, tiene también, en esta posesión suya, su medida de valor:
mirando a los otros desde sí mismo, honra o desprecia; y con la misma
necesidad con que honra a los iguales a él, a los fuertes y fiables (aquéllos a
quienes les es lícito hacer promesas), con igual necesidad tendrá preparados
tanto un puntapié para los flacos galgos que hacen promesas sin que les sea
lícito, como una estaca para el mentiroso que quebranta su palabra ya en el
mismo momento en que aún la tiene en la boca.
Cuando de verdad ocurre que el hombre justo es justo incluso con quien
lo ha perjudicado (y no sólo frío, mesurado, extraño, indiferente: ser justo
es siempre un comportamiento positivo), cuando la elevada, clara, profunda
y suave objetividad del ojo justo, del ojo juzgador, no se turba ni siquiera
ante el asalto de ofensas, burlas, imputaciones personales, esto constituye
una obra de perfección y de suprema maestría en la Tierra.
Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a la cual
tenía que sucumbir el hombre, bajo la presión de aquella modificación, la
más radical de todas las experimentadas por él, de aquella modificación
ocurrida cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el
sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que ocurrirles a
los animales marinos cuando se vieron forzados a convertirse en animales
terrestres o bien perecer, eso mismo les ocurrió a estos semianimales
felizmente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundeo, a la aventura;
de un golpe, todos sus instintos quedaron desvalorizados y “en suspenso”.
Lo que a una categoría superior de hombres le sirve de aliento o de
estimulante, tiene que ser casi un veneno para una categoría de hombres
muy distinta e inferior.
Puede que las virtudes del hombre corriente resulten vicios y
debilidades en un filósofo. Si un hombre de elevado linaje degenerase y
sucumbiera, adquiriría unas cualidades en virtud de las cuales sería
necesario prestarle veneración como a un santo, desde ese momento, en el
mundo inferior al que había descendido.
L dureza, la violencia, la esclavitud, el peligro en la calle y en los
corazones, el esconderse, el estoicismo, las artes diabólicas de todo tipo,
todo lo que el hombre tiene de malo, de terrible, de tiránico, de animal de
presa y de serpiente, contribuye a elevar el nivel de la especie humana, al
igual que su contrario.
Un hombre genial resulta insoportable, si no posee al menos dos
cualidades: gratitud y limpieza.
El “puro” es, desde el comienzo, meramente un hombre que se lava, que
se prohíbe ciertos elementos causantes de enfermedades de la piel, que no
se acuesta con las sucias mujeres del pueblo bajo, que siente asco de la
sangre, ¡nada más, no mucho más!
La profesión de casi todos los hombres, incluyendo a los artistas,
empieza por una hipocresía, por un imitar exterior, por un copiar lo que
produce efecto.
Cuando un hombre pretende parecer algo durante mucho tiempo y con
engaño, le resulta difícil acabar siendo otra cosa.
Un hombre que se ha desprendido en tal medida de las habituales
cadenas de la vida y que no continúa viviendo más que para conocer cada
vez mejor, debe poder renunciar, sin disgusto ni envidia, a mucho, e
incluso a casi todo lo que para los otros hombres tienen valor.
A él ha de bastarle, como el más deseable de los estados, ese libre y
valiente planear por encima de los hombres, las costumbres, las leyes y las
apreciaciones habituales de las cosas.
¿Qué es el hombre sino una disonancia hecha carne?
Todo hombre selecto ansía, por instinto, disponer de un castillo y de un
reducto donde poder redimirse de la multitud, de la masa, de la mayoría;
donde disfrute del derecho a olvidar la regla que rige al “hombre”, ya que
él constituye una excepción a la misma.
No poder tomar mucho tiempo en serio los propios contratiempos, las
propias fechorías, tal es el signo propio de naturalezas fuertes y plenas, en
las cuales hay una sobrabundancia de fuerza plástica, remodeladota,
regeneradora, fuerza que también hace olvidar. Un hombre que olvida, se
sacude de un solo golpe muchos gusanos que en otros, en cambio, anidan
subterráneamente.
En el fondo nos sobreponemos a todo, puesto que hemos nacido para
una existencia subterránea y combativa; una y otra vez salimos a la luz, una
y otra vez experimentamos la hora áurea del triunfo y, en ese momento,
aparecemos tal como nacimos: inquebrantables, tensos, dispuestos a
conquistar algo nuevo, algo más difícil, algo más lejano todavía, como un
arco al que las privaciones, lo único que hacen es ponerlo más tirante.
La voluntad
En toda voluntad se da, ante todo, una pluralidad de sentimientos: el
sentimiento del estado del que se desea salir, el sentimiento del estado al
que tendemos, el sentimiento de ese salir y de ese tender mismos, así como
una sensación muscular concomitante que, aunque no pongamos en
movimiento “brazos y piernas”, no entra en juego, por una especie de
hábito, desde el momento que “realizamos una volición”.
Siempre la insaciable Voluntad encuentra un medio para ligar sus
criaturas a la existencia y obligarlas a seguir viviendo, con ayuda de una
ilusión dispersa en todas las cosas.
Cuando tenemos hambre, no opinamos originariamente que el
organismo quiere ser mantenido, sino que aquel sentimiento es el que
aparece haciéndose valer sin fundamento ni finalidad, se aísla y se toma a
sí mismo por arbitrario. En consecuencia: la creencia en la libertad de la
voluntad es un error originario de todo lo orgánico.
Nosotros todavía opinamos, en el fondo, que todas las sensaciones y
acciones son actos de la voluntad libre; si el individuo que siente se
considera a sí mismo, entonces, tomará toda sensación toda alteración, por
algo aislado, es decir, incondicionado, inconexo, surgiendo de nosotros sin
asociación con lo anterior o lo posterior.
Esta primera erupción de fuerza de voluntad de autodeterminación, de
autovaloración, esta voluntad de libre albedrío, es una enfermedad que
puede destruir al hombre: ¡y cuánta enfermedad se expresa en las salvajes
tentativas y extravagancias con que el liberado, el desasido, trata de
demostrarse a sí mismo su dominio sobre las cosas!
Ciencia y mito
Nuestra ciencia entera, a pesar de toda su frialdad, de su
desapasionamiento, se encuentra sometida aún a la seducción del lenguaje
y no se ha desprendido de los hijos falsos que se le han infiltrado, de los
“sujetos” (el átomo, por ejemplo, es uno de esos hijos falsos, y lo mismo
ocurre con la kantiana “cosa en sí”); nada tiene de extraño el que las
reprimidas y ocultamente encendidas pasiones de la venganza y del odio
aprovechen a su favor esa creencia e incluso, en el fondo, ninguna otra
sostenga con mayor fervor que el fuerte es libre de ser débil, y el ave de
rapiña, libre de ser cordero.
La ciencia, espoleada por una ilusión poderosa, se lanza
irresistiblemente hasta sus límites, en donde va a zozobrar y romperse el
optimismo latente, congénito a lo lógica. Pues la circunferencia del círculo
de la ciencia está compuesta de un número infinito de puntos y aún es
imposible concebir cómo se podría medir el círculo entero.
El hombre superior e inteligente alcanza fatalmente, aun antes de haber
llegado a la mitad de su vida, ciertos puntos extremos de la circunferencia,
en los cuales permanece turbado ante lo inexplicable. Cuando, lleno de
espanto, ve este límite extremo y ve que la lógica se enreda alrededor de él
mismo como una serpiente que se muerde la cola, surge ante él la forma del
nuevo conocimiento, el “conocimiento trágico”, cuyo solo aspecto es
imposible de soportar sin la protección y ayuda del arte.
¿Qué es un científico? Ante todo, un tipo no aristocrático de hombre,
con las cualidades propias de todo tipo no aristocrático de hombre, es decir,
no dominante, no autoritario y descontento de sí mismo.
El científico posee laboriosidad, paciencia para ocupar el sitio que le
corresponde, regularidad y mesura en sus aptitudes y necesidades.
Reconoce instintivamente a sus iguales y sabe qué es lo que éstos
necesitan, por ejemplo, ese poco de independencia y de verde prado sin los
que no se puede trabajar tranquilamente. Pretende que le honren y
reconozcan; ansía la aureola de un cierto renombre; está constantemente
insistiendo en lo valioso y útil que es, lo que le obliga a estar siempre
venciendo la profunda desconfianza en sí mismo, que se da en lo más
íntimo del corazón de todos los hombres dependientes y gregarios.
No hay que cosificar erróneamente las ideas de “causa” y “efecto”,
como hacen los investigadores de la naturaleza, de acuerdo con esa
estupidez imperante llamada mecanismo, que concibe la causa como lo que
presiona y empuja hasta “producir” el efecto. Hemos de utilizar las
nociones de “causa y efecto” tan sólo como conceptos puros, esto es, como
ficciones convencionales que sirven para designar y entender, pero no para
explicar. En el “en sí” no hay “nexos causales” ni “necesidad” ni “ausencia
de libertad psicológica”; en este plano, el “efecto” no sigue a la “causa” ni
rige ninguna “ley”.
Todo el mundo moderno está preso en la red de la cultura alejandrina, y
tiene por ideal al “hombre teórico”, armado de los medios de conocimiento
más poderosos, trabajando al servicio de la ciencia, y cuyo prototipo y
antepasado original es Sócrates.
Somos nosotros los únicos que hemos inventado las causas, la sucesión,
la reciprocidad, la relatividad, la necesidad, el número, la ley, la libertad, el
motivo, la finalidad; y cuando introducimos erróneamente en las cosas este
mundo de signos y lo confundimos con ellas como si fuera un “en sí”,
seguimos haciendo lo mismo de siempre: obrar de una forma mitológica. El
concepto de “voluntad libre” es un concepto puramente mitológico. En la
vida real, no hay más que voluntad fuerte y voluntad débil.
El origen del mito de Prometeo es el valor inestimable que una
humanidad ingenua concede al “fuego” como el verdadero “palladium” de
toda la civilización que nace. Pero que el hombre pudiera disponer
libremente del fuego, que no lo recibiese como un presente del cielo,
relámpago que incendia o rayos del sol que conforta, esto parecía al alma
contemplativa de estos hombres primitivos un sacrilegio, un robo a la
naturaleza divina.
Sin el mito, toda cultura está desposeída de su fuerza natural, sabia y
creadora.
Si consideramos ahora al hombre abstracto, privado de la luz del mito,
la educación abstracta, la moral abstracta, el derecho abstracto, el Estado
abstracto; si nos representamos el desencadenamiento confuso de la
imaginación artística no disciplinada por el ascendiente de un mito
familiar; si nos imaginamos una cultura que no tuviera hogar de origen fijo
y sagrado, sino que estuviera, por el contrario, condenada a agotar todas las
posibilidades, a nutrirse penosamente de todas las culturas, ésta sería la
cultura presente; éste sería el resultado de ese espíritu socrático consagrado
a la destrucción del mito.
En medio de todos los restos del pasado, el hombre desprovisto del mito
se encuentra eternamente hambriento, tratando de hallar algunas raíces,
aunque para descubrirlas tenga que destruir las más preciosas antigüedades.
Miscelánea
Muchas veces, el criminal no está a la altura de su acción: la
empequeñece y la denigra.
Quien logra su ideal, precisamente por ello lo supera.
Pensar en el suicidio es una forma poderosa de controlarse: ayuda a
soportar más de una mala noche.
Hablar mucho de uno mismo es también una forma de esconderse.
En último término, lo que amamos es nuestro deseo, no aquello que
deseamos.
Lo que me abruma no es que me hayas mentido, sino que ya no pueda
creerte en lo sucesivo.
¡Siempre la misma historia! Cuando hemos acabado de construirnos una
casa, nos damos cuenta de que, mientras la edificábamos, hemos aprendido
algo insospechado, algo que habríamos tenido que saber necesariamente
antes de empezar la obra. ¡Ese eterno y fastidioso “demasiado tarde”! ¡Esa
melancolía de todo lo acabado!...
Los mayores sucesos y los mayores pensamientos –y los mayores
pensamientos constituyen los mayores sucesos- son los que más se tarda en
entender. Sus contemporáneos no tienen una vivencia de ellos. Sucede aquí
lo mismo que en el reino de las estrellas. La luz de las estrellas más lejanas
es la que más tarda en llegar a los hombres; y hasta que no llega a ellos,
niegan que en aquel lugar haya una estrella.
No es indigno de los más grandes héroes desear la vida, aun alcanzada
al precio de la esclavitud.
Para poder llegar en el ensueño a una íntima felicidad contemplativa,
nos es preciso haber olvidado completamente el día y sus abrumadoras
ilusiones. Bajo la inspiración de Apolo, intérprete de los sueños, podremos
explicar todos estos fenómenos como sigue. Al igual que de las dos mitades
de la vida –la que vivimos despiertos y la que vivimos en sueños-,la
primera nos parece la más perfecta, la más importante, la más seria, la más
digna de ser vivida, y hasta diría la única que vivimos; pero yo sostendría
que el ensueño de nuestras noches tiene una importancia igual respecto de
esta esencia metafísica cuya apariencia exterior somos.
Siempre querer el recuerdo de nuestros designios personales nos arranca
de nuevo a la contemplación serena; mas al mismo tiempo, la belleza
inmediata del medio ambiente, en el cual se manifiesta a nosotros
conocimiento puro y desnudo de voluntad, nos vuelve de nuevo al querer.
El hombre dionisíaco se parece a Hamlet: ambos han penetrado en el
fondo de las cosas, con mirada decidida; “han visto” y se han sentido
hastiados de la acción, porque su actividad no puede cambiar la eterna
esencia de las cosas; les parece ridículo o vergonzoso meterse a enderezar
un mundo que se desploma. El conocimiento mata la acción; es preciso
para ésta, el espejismo de la ilusión.
El sátiro, y también el pastor de nuestro idilio moderno, ambos son
resultado de una aspiración al estado primitivo y natural; pero ¡con qué
firme seguridad se apodera el griego de su hombre de los bosques, y qué
puerilidad, qué insipidez pone el hombre moderno en la figura azucarada
del pastor sensible y delicado que tañe la flauta!
Quien ha alcanzado la libertad de la razón, aunque sólo sea en cierta
medida, no puede menos que sentirse en la Tierra, como un caminante,
pero un caminante que no se dirige hacia un punto de destino, pues no lo
hay.
En la desolación y la torpeza de la presente cultura, ¿qué otro indicio
podríamos encontrar de una promesa reconfortante para lo porvenir?
A mis escritos se les ha llamado escuela de recelo, aun más, de
desprecio, felizmente también de coraje, aun de temeridad.
No seré yo, al menos, quien dude de que un día pueda haber semejantes
espíritus libres, que nuestra Europa tendrá entre sus hijos de mañana o de
pasado mañana tales camaradas alegres e intrépidos, de carne y hueso y no
sólo, como en mi caso, como espectros y juego de sombras de solitario. Ya
los veo venir, lenta, lentamente, ¿y hago acaso algo para acelerar su venida,
si describo por anticipado bajo qué destinos los veo nacer, por qué caminos
venir?
Se está mal acostumbrado, como cualquiera que una vez ha visto por
debajo de sí una inmensa cantidad de objetos, y se ha llegado a ser lo
opuesto de los que se preocupan por cosas que no les conciernen. En
realidad, en adelante, al espíritu libre le conciernen exclusivamente cosas -
¡y cuántas cosas!- que ya no le preocupan…
Mira atrás, agradecido: agradecido por su peregrinaje, por su dureza y
autoextrañamiento, por sus miradas a lo lejos y sus vuelos de pájaro por
frías alturas. Sólo ahora se ve a sí mismo, ¡y con qué sorpresas se
encuentra! ¡Qué estremecimiento nunca experimentado! ¡Qué dicha en la
fatiga, en la antigua enfermedad, en las recaídas del convaleciente!
¡Cómo le gusta sentarse doliente y en silencio, armarse de paciencia,
tumbarse al sol!
Debías llegar a se dueño de ti, dueño también de tus propias virtudes.
Antes eran ellas dueñas de ti; pero no deben ser más que tus instrumentos
junto a otros instrumentos. Debías adquirir poder sobre tu pro y tu contra y
aprender a captar lo perspectivista de toda valoración; la deformación, la
distorsión y la aparente teología de los horizontes y todo lo que pertenece a
lo perspectivista; también la porción de estupidez con respecto a valores
contrapuestos y toda la merma intelectual en que revierte todo pro y contra.
Debías aprender a captar la necesaria injusticia de todo pro y contra, la
injusticia como inseparable de la vida, la vida misma como condicionada
por lo perspectivista y su injusticia.
Tengo un miedo terrible de que algún día me hagan santo… yo no
quiero ser un santo, prefiero ser un payaso. Y no obstante, mejor dicho,
precisamente por eso –ya que hasta el día de hoy no ha existido nada más
mentiroso que los santos- por mi boca habla la verdad.